Es hermoso el amanecer, se inicia el día y podemos contemplar cómo la luz del sol va dibujando cada uno de los elementos que conforman nuestro entorno, cada cosa va tomando poco a poco su color, su valor. En ciertos momentos del año, o en algunos lugares, el amanecer es tan hermoso que en ocasiones nos gustaría poder detener esta luz primera para que todo el día estuviera iluminado por ella.

El amanecer es el inicio de un día nuevo que el Señor nos ofrece, limpio aún de cualquier acontecimiento negativo que nos pueda ocurrir a lo largo de la jornada, y por eso también nos gustaría detener el tiempo. En ocasiones, si conociéramos por adelantado cuales van a ser los hechos del día, sus tintes, quizás preferiríamos quedarnos en el amanecer, sin que nada avanzase.

Pero la vida está constituida por una sucesión de amaneceres y atardeceres que nos enseñan cómo tantas cosas que habían parecido importantes pierden su valer al final de la jornada y tantas otras que ni habíamos soñado han dejado una marca profunda en nuestro espíritu. Gozar de un amanecer hermoso, tener el corazón dirigido a Dios que nos ama, nos brinda la fuerza, la gracia para caminar hacia el anochecer del día y de la vida. Saber dar gracias a Dios por cuanto vivimos, agradecer la compañía de quienes caminan con nosotros hace más hermoso cada día, y nos lleva al descanso de la noche con la esperanza de vivir mañana más plenamente.

Texto: Hna. Carmen Solé.