Me produjo una inmensa alegría, la nota de prensa del periodista y vaticanista francés Antoine Marie Lozard, dando a conocer que el Papa Benedicto XVI declararía el año 2012 como Año de la Fe, al conmemorarse los 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II y los 20 de la proclamación del Catecismo de la Iglesia Católica, una obra que el Papa conoce con profundidad ya que, como precepto para la doctrina de la Fe, en el momento de escribirse, supervisó su contenido durante seis años.

También aparece publicado así en el diario italiano La Stampa en el que, el mismo vaticanista recuerda que el Papa ha dedicado sus dos encíclicas a dos de las virtudes teologales: a la Esperanza “Spe Salvi” y a la Caridad “Caritas in Veritatis” por lo que, no resulta llamativo imaginar, que esté preparando una tercera sobre la Fe.

También indican los vaticanistas que, el año de la Fe debería contar con un jubileo cuya fecha se podría fijar en octubre de 2012, en que los obispos de todo el mundo, se reunirán en torno al Papa, para el Sínodo sobre la nueva evangelización.

 EL MENSAJE DEL PAPA

            Si dentro de la Buena Noticia que, el Papa vino a traernos, hay tantas cosas sobresalientes, una de ellas es, el encargo de revitalizar la Fe, de darle el lugar que merece.

            Todos escuchamos como el Papa nos advertía de que, hemos comenzado a sustituir la fe y los valores cristianos por riquezas inconsistentes y frágiles que revelan un final en el que, no se podrá sostener la promesa de lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo justo.

            Por lo que, no estaría de más, que escuchásemos eso que, los que no piensan como nosotros nos quieren decir, sabiendo ponernos en el lugar donde ellos se encuentran.

            A mí me parece que las personas que han decidido “no creer” no lo han hecho porque sean malas o ignorantes, ellos tienen motivos, al menos aparentes donde afianzan su decisión. Por eso no sirve de nada querer imponerles nuestro criterio llegando, a veces a una discusión acalorada, que lo único que logra, es salir ambos incómodos sin habernos escuchado y pensando lo mismo que pensábamos al comienzo del forcejeo.

ESCUCHAR AL OTRO

            Por eso sería oportuno que, aprendiésemos a escuchar, incluso que fuésemos capaces de ponernos en su lugar dialogando desde su postura, no sólo para poder comprenderlos sino para aprender de todo eso que por nuestra condición de creyentes pasamos por alto sin apercibirnos de ello.

            Creo que, también, sería bueno caer en la cuenta de que el Espíritu Santo puede hablarnos por medio de ellos, por medio de esas críticas hacía los seguidores de Jesús, hacía la Iglesia, hacía el mismo mensaje… porque ello nos revelaría todas esas falsedades que se producen en nuestra manera de vivir la Fe.

            Nos haría ver que la Fe ha de ocupar un lugar central en nuestra vida y que no es algo que nos llega y se instala por que sí.

            Nos haría ver que, la Fe hay que trabajarla y que necesitamos las herramientas adecuadas para irla modelando, puliendo, afinando, actualizando… para insertarla y afianzarla, después, en nuestro interior. Ya que no podemos pretender tener una experiencia de Fe, ni vivirla de forma coherente, si antes no hemos sido capaces de optar por ella, acogiéndola en lo más íntimo de nosotros.

LA FE DE LOS NO CREYENTES

            Me parece que, llamar a los que no tienen fe en Dios no-creyentes es una equivocación. No-creyente será una persona que no crea en nada, porque si cree en algo ya es creyente. Lo que pasa es que, hoy día decir que no crees es algo normal que, incluso da aíres de prestigio. ¿Quién no conoce a personas que dicen ser: no-creyentes?

La gente considera que “creer” es de personas inseguras y casi acabando la vida, que no les queda más remedio que refugiarse en algo, para tapar sus inquietudes con una farsa.

            Pero hay más. Dentro de los que dicen no creer, encontramos diversos tipos:

-       Los agnósticos.- Personas que, la mayoría, se han educado en familias cristianas, han ido a colegios religiosos, muchos has estado muy metidos en la Iglesia y se escudan en ello para decir que están empachados de ritos vacíos, que eso ya no les dice nada y terminan echando la culpa a lo que han vivido para “realizarse” lejos de Dios. Es más a eso le llaman “coherencia” afirmando que todo eso lo hacen porque quieren ser coherentes con su vida.

-       Los creyentes selectivos.- Estos creen en su Dios, “adoran a su Virgen” –no a Dios- pero no creen ni en la Iglesia ni en los curas… Total que viven como si fuesen creyentes pero sin ejercer.

-       Por fin están: los no-creyentees. Detractores fanáticos a todo lo que suena a Dios, preocupados totales por demostrar su no existencia, buscadores de datos y hechos para demostrarlos… personas que piensan más en Dios que muchos de los creyentes; pero todos ellos incapaces de caer en la cuenta de lo evidente.

Y yo me pregunto ¿acaso alguno de ellos no cree en sus padres, en sus hijos, en su esposo-a? ¿Acaso no creen en el médico cuando se ponen enfermos?... Es más, muchos de ellos creen, apasionadamente, en la bolsa, los juegos de azar, los echadores de cartas… ¿Acaso no tienen fe? Está demostrado que la tienen aunque, en algunos momentos, la basen en lugares equivocados.

Son incapaces de ver que, su gran problema radica en huir de la verdad, les da miedo mirarla de frente y mucho más interrogarse ante ella.

Dice el gran Tony de Mello “La Fe jamás se pierde por buscar la verdad” Pero a ellos les causa turbación encontrarla. Huyen de Dios y, aun a veces, sin saberlo. Tienen una imagen de Dios distorsionada. Lo ven como un rival del ser humano, incapaz de aceptar su felicidad y lo que es peor están sospechosos de que, el contacto con Él, origine persona alienadas.

LA FE DE LOS CREYENTES

            Sin embargo, los que hemos apostado por apoyar nuestro estilo de vida en el evangelio de Jesús, la fe nos lleva a vivir un continuo proceso de conversión, porque –siguiendo con los consejos del Papa- estamos seguros de que, para que la Iglesia sea creíble se necesita llevar a la práctica los objetivos evangélicos.

            Por eso pedimos a Dios, con reiteración, que nos aumente la Fe, porque queremos atender esas urgencias del tiempo presente que se nos plantean, entre la que se encuentra, el ataque de los que dicen no creer.

            De ahí que no permitiremos que la Palabra de Dios se quede muda, seremos una comunidad que proclame y viva aquello que proclama.

            Pero, también sabemos que esto no será fácil. A nadie se le da un libro de instrucciones diciéndole como tiene que vivir la fe.

Vivir la fe es un reto apasionante que nadie puede enfrentar por otro. Y es verdad que, aparecerán las dudas; y es verdad que encontraremos dificultades en el camino… Pero las respuestas siempre están disponibles para nosotros, tan sólo tenemos que hacer silencio para buscarlas en nuestro interior, pues todos sabemos que allá, en lo más íntimo de la persona, es donde nos habla Dios. 

HAGO SILENCIO D ESCUCHO

Con tranquilidad voy tomando conciencia de lo que se funde dentro de mí.

Y así, en calma repaso mi vida de Fe.

-       Quizá he nacido en una familia cristiana y la fe ha sido una consecuencia de mi realidad.  

-       Puede ser, que haga poco tiempo, que descubrí el don de la Fe.

-       Es posible, que tenga una Fe débil, inconstante…que aparece y desaparece según las circunstancias.

-Me tomo el tiempo necesario hasta observar mi situación-

Seguramente pertenezco a ese grupo privilegiado que dice creer en Dios, pero:

       ¿Qué imagen tengo de Él? 

       ¿Es mi fe una fe conservadora o estoy abierto a la novedad de Dios?

       ¿Conozco a alguna persona a la que le haya impactado mi manera de vivir la fe?

       ¿Qué personas me hacen afianzar la fe al ver al ver su estilo de vida?

Busco hechos concretos y presto atención a ellos-

Ahora de manera personal repaso mi realidad:

  • Digo tener fe, pero posiblemente no creo en los míos.
  • Digo tener fe, pero quedo desolada al contemplar el mundo.
  • Digo buscar la fe, pero en lugar de buscar a Dios, busco una buena aseguradora.
  • Digo vivir mi fe, pero cuando me llega un golpe duro, digo que Dios me ha abandonado.
  • Digo creer en Dios, pero siempre que haga lo que a mi me gusta.
  • Digo creer de verdad… pero ¿dónde tengo puesta mi seguridad?

-Digo creer, pero ¿de verdad creo?-

“¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”

                                                                   (Lucas 10, 22, 24)