En nuestro mundo hay instituciones,

grandes corporaciones, fuerzas ocultas,

que intentan por todos los medios

que la desesperanza se apodere

de nuestras mentes e ilusiones.

Pretenden crear una desmoralización

colectiva, una apatía, que les deje

las imposibles soluciones en sus manos,

dejando claro que es tan influyente

el monstruo apocalíptico

que nos domina, que lleguemos a pensar

que no se puede hacer nada.

Que nos induzca a pensar:

“Los recortes sociales son precisos,

el hambre en el mundo es irreversible,

los conflictos religiosos son inevitables,

el cambio climático es una quimera,

la guerra es necesaria

para establecer el orden mundial,

la violencia contra las mujeres

es algo endémico,

de muy difícil solución,

la solidaridad

con los pueblos empobrecidos

es un lujo que no nos podemos permitir,

el estado del bien-vivir

y el decrecimiento

son utopías irrealizables…”.

Y estos razonamientos

recalcados diariamente

en los medios de comunicación,

hacen mella en nuestra forma de pensar,

de actuar, de buscar

respuestas alternativas.

Nos conducen al fatalismo

y a la resignación.

Pero en nuestro mundo cunde

también la indignación y la propuesta,

mediante hombres y mujeres que no desean someterse a los dictámenes

de los poderosos, de los influyentes,

de los mercados,

de los políticos sumisos.

Gente que sale a la calle, que protesta,

que propone, que se relaciona,

que discute en común otras opciones.

Gente libre, consciente.

Esperanzada y esperanzadora.

Gente que está construyendo

grano a grano, mano a mano,

entre cantos, sangre, sonrisas y arrestos,

un mundo nuevo.

Ayúdanos, buen Dios nuestro,

Dios de los pobres, de los sometidos, excluidos y marginados, a mantener

una esperanza activa, creativa,

para construir ese otro mundo posible

de la fraternidad y la justicia,

de la felicidad y la libertad,

de la ternura y el gozo de vivir.

Infunde en nuestros corazones

el fuego y la pasión de tu Espíritu,

para lanzar nuestras redes

de solidaridad y concordia,

de com-pasión y nuevos

horizontes compartidos,

que sepamos crear redes

de amistad y armonía,

de mejora y transformación

de las relaciones sociales.

Aunque solo escuchemos

gritos desgarrados, como de parto,  

está el nuevo Adviento ya a las puertas,

una nueva civilización,

un nuevo orden internacional,

una nueva relación

entre los seres humanos.

Se mueve entre susurros,

en silencio, a escondidas,

en las alcantarillas del sistema,

entre las garras del monstruo,

como hormigas o arañas

tejiendo la nueva realidad.

¿No lo veis, no lo escucháis,

no lo sentís?