El viernes día 10, será el día del ayuno voluntario que dará paso a la campaña de Manos Unidas, presentándose ante nuestra mente dormida, la realidad de los que necesitan ser tenidos en cuenta.

Este año el lema de la Jornada será “La salud derecho de todos” Un lema, realmente acertado y contundente, ya que estamos insertados en un mundo, donde la enfermedad se pega como una lapa, a cuantos vivimos en él. Ya que la salud podemos perderla por inanición y podemos perderla por comer desmedidamente. Tanto la anorexia como el atracón, pueden llevarnos hasta la misma muerte.

            Y, precisamente, es en esta semana cuando llega ante nosotros esa dualidad, unos se mueren de hambre, mientras otros despilfarran sin piedad.
 
Al ponerme ante este delicado tema me pregunto, si todavía nos afectan estas situaciones intolerables que conviven con nosotros, -tanto desde nuestro entorno más cercano, como hasta los rincones más apartados del planeta-, o ya nos estamos acostumbrando a ellas.

Llevo demasiado tiempo viendo pobreza y decepción. La gente, de los países pobres, espera a que llegue este día para ver si sus necesidades están acogidas en algún proyecto. ¿No os parece decepcionante y triste? ¿No os parece inhumano tener que esperar 364 días para que nuestra sensibilidad entumecida pueda observar, esas imágenes duras e indestructibles mostrando la miseria que no queremos ver? ¿Acaso nos hemos planteado, alguna vez, lo que es morir de hambre?

            Es verdad que la situación de noticias desagradables, las penurias de nuestros amigos y familiares, el paro con toda su crueldad… nos lleva a la impotencia, a creer que ya no podemos más y que, no nos toca a nosotros resolverlo, pero hoy quiero invitaros a que, al menos, seamos capaces de mirarlo de frente.
 
            Bien sé que, los planteamientos no erradican el hambre y vemos desalentados que no termina, que sigue aumentando, que nos acosa, nos subleva, nos indigna, nos acecha sin piedad. Vemos que cada día los ricos son más  ricos y los pobres mucho más pobres. Ante esta realidad: ¿Qué hacer?

            Creo que de momento, lo más sabio sería, compartir la situación con el que todo lo puede:

  • Para que nos ayude a ver, con mayor nitidez, una realidad tan dura como esta.
  •  Para que nos ablande el corazón y seamos capaces de pedir perdón por tantas injusticias en las que hemos participado, aunque haya sido veladamente.
  • Para que seamos capaces de compartir y pedir por los que, ni siquiera, pueden celebrar el día del hambre, ya que su vida es un continuo ayuno involuntario e indefinido, a veces quizá, causado por nuestro conformismo y nuestra falta de compromiso”
 
Porque por muchos planteamientos que nos hagamos,      

¡Cuánto nos cuesta comprometernos con las realidades de marginación!
¡Cuánto nos cuesta aceptar una actividad solidaria con una continuidad indefinida!
¡Cuánto nos cuesta mirar, a cara descubierta, las pobrezas de los rechazados por la sociedad!

            Pero es importante saber que nadie estamos libres de pasar por las situaciones límite y que pronto o tarde pasaremos por ella de una forma o de otra.

            Cuando más tranquilos nos parezca estar llegarán a nuestra vida hechos inesperados, realidades que no tienen sentido. Y nos preguntaremos ¿por qué a mí? ¿Por qué tiene que perseguirme esta injusticia? ¿Por qué no encuentro un trabajo digno como los demás? ¿Por qué me ha tocado esta enfermedad? ¿Por qué me encuentro tan solo, si tengo una familia, unos amigos, un empleo...? ¿Por qué se apartan de mí cuando llega la dificultad, en lugar de ayudarme, de comprenderme, de acompañarme a salir de esta difícil situación? Preguntas y más preguntas, en ocasiones incontestables, que nos lleva a vivir sumidos en la más absoluta desolación.

            ¡Cuántas veces, hemos intentado abandonar porque creíamos encontrarnos en un camino sin salida!
 
            Yo creo que es, en esa situación límite donde se encuentran los que suplican nuestra ayuda, pero es necesario tener muy claro que, por muchos proyectos que realicemos y que serán realmente una bendición para los que puedan beneficiarse de ellos, nada serán si no vamos a lo esencial, a lo que se funde en el interior de las personas que los necesitan.

            Es verdad que será muy provechosa nuestra aportación, pero ¿hemos pensado lo duro que es el no sentirse querido? ¿El ver a unos elegir a la carta, mientras otros se comen lo que encuentran en la basura? ¿Nos hemos dado cuenta de lo que significa sentir la soledad y la indiferencia de los que pueden hacerlo posible?

            No sólo la financiación de un proyecto edifica; construye a veces más, una mirada, una mano tendida, un gesto delicado…

            Lo que más ayuda a la persona que lo está pasando mal, es descubrir el sentido de lo que significa en el corazón del que se lo está dando.

            Y es que, en este momento que nos toca vivir algunas de esas situaciones se dan cerca de nosotros. Día a día comprobamos las quejas e inconformidades que se oyen por todas partes. Matrimonios que se separan por miles, hijos que no aguantan a los padres, sueldos a la baja, precios al alza… Ahí están esperando que alguien se acuerde de ellos.

Sin embargo es significativo comprobar que la casa de los padres –por pequeña y pobre que sea-, es la que siempre está abierta para el hijo que vuelve, porque aunque el hijo se haya ido sigue ocupando un puesto en el corazón de los padres.

            Gran lección para los que este año propiciemos la acogida de algún proyecto, porque ya no veremos en él, solamente el sentido que puede dar a la vida de las personas que lo necesitan; sino que intentaremos además, que les haga sentir, que significan mucho en el corazón de los que lo hemos hecho posible.
   
            Por eso, este año, no nos quedaremos sólo en lamentos, iremos al núcleo del problema.

            Las personas que viven cerca del límite de la supervivencia, aferradas a la familia, a cáritas, a la esperanza de que alguien compasivo se encargue de llevar a cabo su proyecto, luchan también con una aridez espiritual, el hambre del corazón y la amargura del espíritu.

            Se chocan directamente, con ese individualismo a ultranza que amenaza con destruirnos a todos, ese individualismo que nos lleva a una falta absoluta del interés por los demás.

            De ahí que de nuevo os remita al lema de la campaña: “La salud, derecho de todos” Porque al ponernos ante él, sólo nos queda acudir al Gran Sanador, al que no sólo sana el cuerpo, sino también el alma. Es Él mismo, que nos dicta el imperativo evangélico de dar de comer al hambriento y de beber al sediento, pero viendo que ese imperativo no consiste solamente en la ayuda económica sino que radica en que, tanto los que necesitan como los que ayudamos lleguemos finalmente a crecer en humanidad, a sentirnos hermanos.