De nuevo hemos llegado al día el 2 de febrero, fecha en que la iglesia conmemora la festividad de la Presentación de Jesús en el Templo. Una fiesta muy querida y señalada en un tiempo cercano al nuestro, pero bastante ignorada en el momento presente, fiesta que además, por coincidir en jueves día laborable, serán pocos los que tomen conciencia de ella.

Sin embargo creo, que deberíamos darle un lugar preferente en nuestro acontecer y revindicar en dicha jornada, tanto el valor de la familia como el valor de la vida, es por eso, por lo que quiero traerla a la mente de todos, para que al menos,  dediquemos unos minutos a tan admirable realidad.
 
            Al adentrarnos en la escena, de la presentación, quiero invitaros a contemplar que, en aquella larga fila se encontraban, entre otros muchos, unos jóvenes esposos, con un niño en brazos y una ofrenda para entregar en el templo, como mandaba la tradición.
            A su lado, se movía mucha gente, que en un día tan señalado, habían llegado al santuario para hacer su oración. Sin embargo nadie fue capaz de ver que, en aquella fila, esperaba el Señor para ser presentado en el templo con una humanidad como la nuestra.

            Nadie fue capaz de ver, que Dios sigue cumpliendo su promesa. Y que, el mismo Jesús, nacido en Belén que se hizo Palabra, Luz,  Comunicación...  quería, de nuevo, iluminar a “los que vivimos en tinieblas y sombras de muerte” Quería, que lo antiguo se hiciese nuevo. Quería, habitar en nuestros corazones en Espíritu y verdad.
            Porque Jesús fue presentado en el templo para cumplir la Ley, pero sobre todo para encontrarse con el pueblo creyente.
 
            Me gusta que a la fiesta, de la Presentación de Jesús en el Templo, se le llame: el día de las Candelas o la Candelaria. Y me gusta porque la candela se puede encender e iluminar con ella toda la estancia. ¡Tiene que ser, verdaderamente, triste vivir a oscuras, con la luz apagada y sin ver por donde caminar!

            Pero es, todavía más triste detectar que, esta penumbra, sigue siendo hoy realidad en un mundo donde precisamente la luz es la reina de la vida cotidiana y la encargada de dar los mensajes más atractivos.

            Sin embargo la luz de Dios, es otra cosa, parece que nos molesta, es una luz tan nítida y potente que al reflejarse en nosotros deja al descubierto demasiadas pobrezas y preferimos apagarla, preferimos taparla para no encontrarnos con nuestra realidad.
 
            Es verdad que, mirándolo bien, Dios tampoco nos lo pone demasiado fácil. Si se presentase ante nosotros con más claridad, con un ropaje más adecuado, con unos atuendos más sugerentes… pues quizá nos hiciese caer en la cuenta de que es Él, pero se pone en sitios tan vulgares que es imposible reconocerlo.

    ¿Acaso se le puede ocurrir a alguien, que Dios pueda estar en la fila del paro?

--  o pidiendo limosna en la puerta de una Iglesia,
--  o tirado en la calle con señales de muerte,
--  o temblando de frío en aquella chabola,
--  o muriendo de sida abandonado y solo...

            A nadie puede sorprender que al verlo pasemos de largo y evitemos el contacto con él.

En cambio, si nos preguntasen si querríamos ver a Jesús, todos contestaríamos con una afirmación. De ahí que sorprenda observar que tan sólo, Simeón, un anciano que ya no podía con su alma, un anciano que estaba punto de decir adiós a la vida, fuese el único que lo reconociera en aquella fila mezclado con el resto de la gente que llenaba el templo.

            Pero no fue casualidad, al anciano Simeón vio al Señor porque estaba preparado. Había vivido una entrega incondicional a Dios. Por eso, cuando aquel joven matrimonio pone a Jesús en sus brazos, sus ojos se despiertan y llega a ellos tal destello de luz, que ante el asombro de María y José, declara a gritos que ese Niño es “luz de la naciones y gloria para su pueblo Israel...”
 
Nosotros, sin embargo, no lo reconocemos porque arrastramos una vida trivial, fruto de la historia que nos condiciona. Acumulamos jornadas de esfuerzo y trabajo, de luces y sombras, de errores y fracasos, de incoherencias y olvidos del Señor. Una historia de experiencia del bien y del mal, de dolor y de lágrimas, de ruido y despilfarro... Y hemos de reconocer que en medio de tanto ajetreo, en medio de tantas circunstancias adversas nos resulta imposible ver al Señor.

            Es verdad que, en el olvido de la gente y en el desgaste de nuestro caminar ha habido veces en que hemos reconocido el Rostro desfigurado de Cristo y nuestro corazón se ha conmovido, y aún en medio de tanta oscuridad, hemos sido capaces de ver centellear una luz distinta a las que habíamos conocido hasta ahora.
            También hemos sido capaces de ver que, aunque la historia de los seres humanos se va separando cada vez más de la historia de Dios, Él sigue en cada fila, en cada dolor, en cada alegría, en cada acontecimiento… poniéndose delante de la persona para mostrarle su cercanía y su resplandor. Cosa que, dolorosamente, a nosotros no nos interesa demasiado preferimos ser señores de nuestra propia historia y si nos dejan, incluso de la historia de Dios.

Por eso conmueve observar que, a pesar de nuestro egoísmo y prepotencia, Dios no nos abandone y sigua esperando pacientemente,  la hora en que la vida del ser humano y la suya se encuentren para no separarse  jamás.
Esta es la realidad que hallamos plasmada en esta fiesta, en la que celebramos el encuentro de dos historias distintas; el signo evidente  mostrado por Simeón y el niño Jesús. La humanidad ansiando un Salvador y Dios saliendo al encuentro del ser humano para hacer su deseo realidad. Simeón hombre de remarcada piedad, cargado con una historia antigua sobre sus espaldas se retira para dar el relevo a Jesús que llega, a sorprendernos, con la novedad del Reino, invitándonos a ser luz.
 
No obstante, sé muy bien que nosotros somos astros opacos que solamente daremos la luz que recibamos de Él, una luz será más potente, en tanto en cuanto, seamos capaces de acercarnos al Dios de la Vida, Luz de las naciones, para que su cercanía haga brillar nuestra luz, de forma que la vean los demás, por donde quiera que vayamos
 
            No dejemos escapar esta oportunidad que se nos ofrece, pidiéndole a Dios fuerza para hacer lo que hasta ahora no hemos hecho, para conquistar lo que parecía inconquistable, para alcanzar la alegría de buscar lo nuevo y recuperar lo mejor de la vida.

            Estamos aquí para sentir, con María y José, admiración por algo que no entendemos demasiado, pero que queremos acoger su mensaje y guardarlo en nuestro corazón.

            Por eso, quiero animaros a todos, en especial a los matrimonios que podáis leerlo, que encendáis una vela –da igual cómo sea su color forma y tamaño- lo importante es que sea: vuestra vela, que la hagáis lucir un rato delante de Dios, Luz de las naciones y que la guardéis como algo preciado. Después ponedla en un sitio visible y no olvidéis nunca que está ahí.
 
           Esa vela es, nuestra vela, la que ha lucido ante el Señor. Ella quiere alertarnos de que tenemos que ser luz para nuestros hijos y para todos los demás.

            Démonos cuenta de que, aunque en nuestra casa, ocupa un sitio visible,  es una cosa humilde y no tiene belleza, por lo que pasará desapercibida para cuantos la vean, pero allí permanecerá.

            Cuando luzca la luz del sol en nuestra vida y en nuestra relación, no necesitaremos encenderla, pero allí seguirá gritándonos en silencio nuestro compromiso.

   Mas:
  • El día, en que el sol se esconda y la oscuridad empiece a entrar por los rincones de nuestra relación, ¡encendámosla!
  • Cuando el cansancio nos traicione y no logremos ponernos de acuerdo ¡encendámosla!
  • Ese día, en que nos cueste tanto perdonar, ceder, dar el primer paso… ¡encendámosla!
  • Ese otro día, en que se apodere la rutina y el cansancio de nuestra relación, ¡encendámosla!
  • Ese día, en que nos cueste unir vuestras manos, mirarnos a los ojos y decir ¡te quiero! ¡Encendámosla!
Ella nos recordará que la cera y le mecha no pueden lucir por separado, han de estar juntas para poder encenderse y dar luz.
Y que nosotros, si no estamos fundidos el uno en el otro y los dos en Dios, seremos dos seres apagados que quieran o no vivirán en tinieblas y nuestros hijos serán los primeros en saborear la oscuridad.