Después de decirle Sí a Dios, lejos de aclararse nuestras dudas, nos encontramos insertados, en el inmenso desierto de la vida, en el que, lejos de aparecer esos sitios exóticos que nos presentan en televisión, lo único que encontramos es monotonía, sobriedad, silencio y desconcierto. Sin saber cómo, aparece ante nosotros: La soledad de la persona.

 

DESIERTO, LUGAR DE SOLEDAD

            El ser humano, en los momentos claves de la vida, siempre se encuentra solo; no importa el número de personas que lo rodeen, la toma de decisiones es personal e intransferible.

            ¿Quién puede compartir con otra persona, por mucho que la quiera, un trozo de enfermedad, o un problema, o un dolor… o la misma muerte? Nadie puede enfermar por mí, ni por ti, ni tener un dolor por otro, ni morir en lugar de otro… y, precisamente, en esos momentos duros de la vida, en medio de nuestra inmensa soledad, es donde aparece: Dios.

-       Dios aparece en medio del silencio de la noche.

  • En ese silencio que no vemos pero sí oímos.
  • Aparece cuando el silencio se hace sensibilidad.
  • Cuando se hace respeto.
  • Cuando el silencio es compañía.
  • En el silencio espiritual.
  • En ese silencio sagrado que roza el misterio.
  • En ese silencio que taladra cuando Dios va a pasar…

            Es ese instante, en el que el silencio nos llama a la conversión; al cambio profundo; al desasimiento de: seguridades, apoyos, apegos… al momento en que es imposible encontrar un oasis donde descansar…

            Y es… precisamente en ese silencio, cuando aparece el Profeta de la Esperanza para decirnos:

“En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad, en la estepa, preparad una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que las colinas se abajen y lo escabroso se iguale”    (Isaías 40, 9 – 11)

 DESIERTO, LUGAR DE MADURACIÓN

Por tanto es importante que, este Adviento, hagamos un poco de desierto en nuestra vida, pues es en el desierto, donde la persona se encuentra:

  • Consigo mismo.
  • Con el hermano.
  • Con la comunidad.
  • Con el mismo Dios.

Porque el desierto es lugar de maduración, de crecimiento, de superación… y cuando, el ser humano es capaz de cruzarlo sin desfallecer, algo inesperado y fecundo empieza a presidir su vida. 

“El desierto y el yermo se regocijarán; se alegrarán el páramo y la estepa; florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría” (Isaías 35, 1–5)

 DESIERTO, LUGAR DE CONVERSIÓN

            Si la semana pasada nos adentrábamos: en la conversión del corazón y la veíamos como: una actitud personal de cambio, movida por las sorpresas de Dios; está semana, trataremos de hacer posible, que su Reino se instaure en nosotros:

  • Preparando caminos.
  • Enderezando sendas.
  • Igualando lo escabroso.
  • Dando paso, a la revelación de la gloria de Dios.

Para ello el profeta Isaías pretende conducirnos, en esta segunda semana de adviento, a nuestro desierto personal; porque, solamente, en esa soledad que sabe a Dios, es donde se nos pueden desenmascarar nuestros engaños y arrancar nuestras mentiras; es donde, los que se creen grandes, pueden humillarse; donde el egoísmo puede desaparecer; el orgullo puede disiparse; es, donde los comportamientos torcidos pueden enderezarse y nuestras asperezas pueden suavizarse… porque, cuando la persona llega al destierro y siente la mordedura de la desesperanza, se hace abierta y libre para descubrir en su historia el paso de Dios.

UNA HISTORIA QUE PERMANECE

            La historia del pueblo de Dios, no es algo pasado que solo sirva para personas nostálgicas. La historia del pueblo de Dios es algo que permanece. Es la trascripción, de un mensaje adaptado a cada tiempo, como nos recuerda fielmente, el salmo 68 “Seguiremos contando las grandezas del Señor”

Es, el día a día, con sus dolores, sus dudas, sus alegrías… Es, como un cofre del que se van sacando recuerdos, fotos, acontecimientos… que a los de fuera no les dice nada, pero a los cercanos nos entusiasma.

Es como un camino de regreso a casa, con la suerte de ir adentrándose en una historia de amor, de frescura, de salvación, donde vas descubriendo la propia historia.

Es ese cúmulo de sucesos de nuestro pasado, que nos lleva a vivir nuestro presente ante el misterio de Dios.

Porque el pasado no sirve para instalarse en él, sino para enseñarnos a vivir el presente. Porque discerniendo los acontecimientos pasados, seremos capaces de superar los daños de la actualidad.

Nos vamos adentrando en el Adviento. Tenemos por delante un camino largo de liberación. Es, nuestra misma vida.

-  ¡Cuántas veces, buscando provisiones sólo hemos encontrado escasez!

-  ¡Cuántas veces, buscando una vida mejor, nos hemos encontramos con un camino de esclavitud!

-  ¡Cuántas veces, buscando la felicidad, nos hemos encontrado sumidos en inseguridades!

Nos falta silencio; nos falta echar una mirada a nuestro interior; no tenemos claro ni el itinerario, ni la travesía.

Es una realidad en la que todos estamos inmersos. Vemos con facilidad que cuando el proceso de la vida se endurece y se hace dificultoso, lo más frecuente que encontramos es:

- La huida ante las problemas.

- El abandono, provocado por la indiferencia.

- El desencanto, al no encontrar lo que buscábamos…

- Sin darnos cuenta de que, sólo en la verdadera escucha, es donde se produce el encuentro.

 MOMENTO DE SILENCIO

            En esta segunda semana de Adviento, será bueno que dejemos que la Palabra golpee nuestro corazón y en ese silencio y ese desierto, donde nos hemos situado, oigamos como el Señor nos dice, personalmente, a cada uno: “Tú eres mío, le he pedido a mi Padre por ti…”

            Nos ponemos en actitud de sosiego. Nos serenamos. Leemos algún trozo de la Palabra de Dios de la que nos brindan los textos de Adviento y con calma vamos dejando que empape nuestra alma.

Después, cuando esas palabras, hayan llegado a nuestro fondo, nos daremos cuenta de que hemos entrado en la auténtica revelación de Dios, donde podemos contemplar su amor hacia nosotros.

            Quizá veamos que esto no es fácil. ¡No importa!

Repasemos ante el Señor, nuestras ocupaciones, miremos todas esas cosas que tenemos que hacer y, sin prisa, veamos cuáles de ellas nos impiden tener una profunda experiencia de Dios.

          Todos sabemos que estamos, en un tiempo privilegiado de la Iglesia, donde la conversión, la oración y la austeridad deberían tomar protagonismo, pero: las actividades se suceden; los trabajos se multiplican; las reuniones se amontonan… y la oración se pasa a un segundo lugar; por lo que, el trato con Dios, disminuye de manera considerable.

            ¡Qué tristeza! Puede ser que hayamos conseguido nuestro objetivo de cuidar todo con esmero, pero hemos perdido la dicha de ir dejando entrar, en nuestra vida, la salvación de Dios, que va llegando desde el silencio más profundo.

De ahí que, este sea un momento propicio, para pedir a Dios que nos ayude a recuperar, los tiempos de oración en este Adviento.

Una oración de súplica: ¡Ven, Señor, Jesús! ¡Ven a salvarnos! ¡Te necesitamos!

Después, dejémonos consolar por el Señor. No caigamos en la tentación de pensar que nuestros males no tienen remedio; no dejemos entrar la desesperanza en nuestra vida. No vivamos este tiempo de gracia, simplemente por religiosidad, no impidamos la salvación de Dios.

 Sintámonos necesitados de salvación porque, solamente quien se siente mendigo puede pedir que alguien sacie su hambre.

Solamente quien se siente necesitado de perdón, puede acoger la misericordia de Dios. Por eso:

  • Si sé lo que me enriquece, por qué me afano en lo que no sacia.
  • Si sé lo que supone amar, por qué me ofendo cuando no me siento correspondido.
  • Si busco la verdad, por qué trato de engañarme a mí mismo.
  • Si busco el desierto, por qué huyo cuando me veo llegar a él.
  • Si busco el perdón, por qué sigo dañando a los demás.
  • Si busco sanarme, por qué escondo las heridas de mi vida.
  • Si busco la cercanía de Dios, por qué no dedico tiempo a orar…

Solamente el silencio puede salvar todas nuestras contradicciones; porque, el silencio de la oración, es la llave que deja entrar a Dios en nuestra vida, para que actúe en ella.

Él nos ayudará a ver los acontecimientos a través de la entereza y nos concederá una nueva manera de afrontar nuestra existencia.

No tengamos miedo de entrar en nuestro desierto. Sumerjámonos en él con calma y no tengamos prisa, seamos pacientes para esperar el paso de Dios.