Se abren las puertas al tiempo de cuaresma. Un año más, nos prepararemos para recorrer, junto al Señor, el Triduo Pascual.

Su comienzo, el Miércoles de Ceniza, abriendo la puerta a este período de transformación interior, queriendo significar cómo el Señor viene, a hacer cenizas, a ese hombre viejo que nos aplasta y nos esclaviza, para que renazcamos al hombre nuevo, salvado por amor, salvado por ese amor-fiel de Dios entregado gratuitamente, como regalo para toda la humanidad.

            Dediquemos este tiempo a la escucha, desde la oración profunda y prolongada. Tratemos de no descuidar nuestro ayuno y caridad como nos pide la Iglesia. Miremos, desde la sinceridad del corazón, qué ayuno es el que le agrada a Dios y, de qué cosas deberíamos, cada uno, privarnos personalmente, para estar más cerca de Él y de los hermanos.

            Acerquémonos a los parados, los solos, los enfermos, los desfavorecidos de la tierra. Regalémosles nuestro tiempo, compartamos con ellos lo que tenemos, procuremos no dar solamente lo que nos sobra, sino algo más, pero sin olvidar que lo importante es la actitud del corazón, es hacer de nuestro don un estilo de vida.

Esto nos ayudará a crecer y a seguir caminando. Pero no nos quedemos ahí. Profundicemos un poco más. No nos conformes con obras externas. Es la conversión interior la que agrada al Señor. El cambio del corazón, la regeneración de la persona, la liberación de nuestras opresiones. Porque si de verdad somos capaces de caminar, en este sentido, todo lo demás estará implícito en ello.

Y, aquí tenemos, la oferta de Dios, para reanimarnos en estos momentos de afirmación: su gran misericordia.

El ofrecimiento de perdón, que el Señor nos hace, no se agota nunca. Él nos llama a la conversión y la penitencia; pero al mismo tiempo nos manda, su gracia, para reconfortarnos con: su amor y su alianza.

 

CUARESMA TIEMPO DE GRACIA

El tiempo de cuaresma no es ni negativo, ni pesimista, ni está ahí para afligirnos. La cuaresma es un tiempo de gracia, de misericordia y de perdón.

  • Es un acercamiento, cada vez mayor, a la persona de Jesucristo.
  • Es caminar hasta nuestra plenitud en Él.
  • Es volver la mirada, una y otra vez, hacia el Señor.
  • Es reconocer todas las veces que nos quedamos mirando nuestro egoísmo, nuestra injusticia, nuestro quedar bien, nuestro sobresalir... en lugar de mirar a los ojos del Señor.
  • Es, reconocer, todas esas veces en las que, bajamos la mirada, porque cuando de verdad miramos a Cristo vemos con nitidez todas las miserias que componen nuestra vida.

Por tanto, volvamos al silencio. Escuchemos, de nuevo, la invitación que el Señor nos hace al cambio profundo.

Volvamos a responder, si de verdad queremos seguir a Cristo, viviendo el amor evangélico en plenitud.

Y, sobre todo, no olvidemos que, si nuestra respuesta es afirmativa tendremos que ser: compromiso puesto a los pies de los demás. Tendremos que asumir que, el amor de Dios, es un amor de siervo. Es dar y darnos para que los otros vivan. Pero leemos en -Ezequiel 36, 36- que: “Él hará brotar de nuestro interior, un corazón nuevo y un espíritu renovado”

Pidamos, al Señor, luz para mirarnos por dentro. Preguntémosle, de vez en cuando, qué quiere de nosotros, en este momento concreto.

Si somos capaces de escucharlo, quizá nos diga quedamente:

  • Ofrece tu tiempo gratuitamente.
  • Busca servir antes que ser servido.
  • Procura ver en toda persona a tu hermano.
  • No te gloríes de tus dones. Ponlos a servicio de los demás.
  • No te consideres mejor que los otros. Bueno sólo es Dios.
  • Aprecia el valor de las cosas sencillas.    
  • Y, sobre todo, reconoce, en lo más profundo de tu corazón, que sólo Cristo es tu Señor.

 

“Oh Dios! crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.        (Salmo 50, 12)


Votos:
60
2 votoss
1 2 3 4 5