Esperemos como Jesús lo hacía (Adviento 2010)

La esperanza es como una niña pequeña, que diría Péguy,

pero sin  ella, sin sus manos, sin su corazón, sin su mirada confiada,

nos sumiríamos en el recelo, el individualismo y la indiferencia.

La esperanza es lo único que nos salva en estos tiempos oscuros y fríos.

Y nos salva cuando esperamos con el otro, que es quien nos ayuda a esperar.

Si nos desilusionamos de los demás, desesperamos de Dios.

La esperanza se nutre de los pequeños acontecimientos cotidianos,

y de ahí brotan también los sueños que intentamos hacer realidad.

Para esperar es necesario que nos dejemos alcanzar por la felicidad,

pero ésta no podrá ser nunca plena sin los demás.

Como en el Padrenuestro, que no pedimos

mi pan, sino el nuestro.

Porque un corazón solitario está rodeado de desierto,

sin embargo, un corazón abierto a los otros,

es un corazón multiplicado,

rebosante de historias, rostros y nombres.

La esperanza se concreta y se hace efectiva

en la donación y en la más gratificante gratuidad,

y entonces se convierte en luz, energía y gozo.

La esperanza se alegra al mirarse cada mañana

en el sencillo y radiante espejo de la belleza que la rodea,

pero no se contempla a sí misma, sino que su mirada

siempre está puesta en el horizonte

que se ve a través de la ventana de la existencia.

Luego, la esperanza se engalana para el trabajo

con el vestido recién estrenado

del cuidado, de la verdad, de la atención y de la delicadeza,

y cuando llega al campo de la labor diaria, esparce las semillas del amor,

para que alcancen sus espigas la altura y la plenitud

de los auténticos valores humanos.

La esperanza tiene los ojos tan limpios que contempla

la esencia de las cosas, de cada circunstancia,

de cada individuo, e incluso más allá de ellos mismos.

La esperanza no deja nunca de creer y luchar

por ese otro mundo posible que está latiendo en las entrañas de éste.

Porque el futuro está ya presente y palpitante

antes de que se haga realidad.

En el fervoroso deseo ya está el germen de la cosecha.

Mantengamos la confianza de que el mañana siempre será mejor,

aún en los momentos más difíciles,

en los que se oculta bajo un cielo gris y sombrío la esperanza.

Porque en esta humilde, serena y esforzada esperanza,

y en la entrega gratuita por el bien de los demás,

encontraremos siempre a Dios, presente en nuestra historia,

y en el hondón más hondo de nuestra más íntima intimidad.

¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!

Aprendamos a esperar como Jesús lo hacía,

reactualizando la presencia liberadora de Dios en el mundo.