¿QUÉ SIGNIFICA PARA TI ESTAR BAUTIZADO?

 

“Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”

(Lucas 3, 15 –16)

 

El bautismo puede recibirlo todo ser humano y aunque, en el momento actual, parece que el hombre está alejado de Dios, el número de bautismos es muy elevado.

            Salvo raras excepciones todos estamos bautizados. A mí me bautizaron a los dos días de nacer. Era lo habitual, los niños recibían el agua bautismal lo antes posible. Una mezcla, de miedo a que pudiesen morir y a las habladurías del vecino, lo hacía posible.

            Más tarde empezó una corriente que decía que había que dejar a los niños crecer sin bautizarse y que ellos eligieran al hacerse adultos. Yo creo que esto tuvo poca fuerza y ante nosotros está la realidad.

También es sorprendente que, incluso parejas que no han recibido el sacramento del matrimonio elijan bautizar a sus hijos. Eso sí buscan una parroquia donde no exijan preparación o ésta sea muy escasa, ya que para ellos el bautismo no va, mucho más allá, que la simple ceremonia y la consiguiente fiesta. Pero sea como sea, yo creo que el número de bautismos en nuestro país es alto, aunque bajen estrepitosamente los números, cuando se trata de vivir como bautizados.

            Es fácil demostrar este comportamiento; no tenemos nada más que fijarnos en las contestaciones que se dan, cuando algún reportero micrófono en mano, se atreve a preguntar sobre el tema:

Yo estoy bautizado. Y soy creyente pero no practicante.
Yo estoy bautizado; pero tengo una fe “a mi manera”.
Yo, también estoy bautizado y creo en mis santos, pero no creo ni en la Iglesia, ni en los curas.
Fíjate, para que comulgue mi hijo, para que se confirme, para que se case, me han pedido la partida de bautismo, desde luego hay que ver las cosas tan raras que piden estos curas, luego quieren que vayamos a la Iglesia.

Pero eso sí, va por delante lo de estar bautizado, aunque se huya de vivir como tal. ¡Y es que nos pesan, demasiado, las responsabilidades!

Ahora, yo me pregunto ¿acaso compramos un aparato, de cualquier tipo, sin leer las instrucciones? Y es lógico que nos aseguremos de lo que hemos comprado ya que los engaños están a la orden del día.

            Sin embargo, las cosas de Dios son distintas. ¿Para qué quiero saber yo a lo que me comprometo al optar por ellas? Yo estoy apuntado al “cumplo-y-miento”. “Sí pero no”. Bueno, si no hay más remedio... Quizá saque tiempo... Puede que me apetezca...

            Vamos a ser serios. Si hay algo importante en nuestra vida son las cosas de Dios y Él nunca nos obliga a realizarlas, por tanto tendremos que tener un gran respeto a sus solicitudes, cuando somos nosotros los que las elegimos desde la libertad más absoluta.

            Al elegir, los padres, el sacramento del Bautismo para sus hijos se supone: primero que son cristianos y segundo que quieren comprometerse en la misión de, alimentar a sus hijos, en esa vida que Dios les ha confiado. Pues lo sepamos a no, en el momento de recibir el agua bautismal y por pura gratuidad se nos está regalando la gracia de la salvación.

“Jesús fue desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Juan intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí?

(Mateo 3, 13 – 15)

            Pero no podemos dejar que se apague la luz de nuestro bautismo. Tenemos que renovar el compromiso cuando estamos capacitados para poder optar por ello. Así suelen renovarlo los niños al hacer la primera comunión y así tendríamos que renovarlo cada uno al rezar el credo en cada Eucaristía. Tendríamos que quedar admirados de la dicha que poseemos y sin embargo ¿cuántas veces nos paramos a pensar lo que significa, para cada uno de nosotros, el haber recibido el Sacramento del Bautismo?

            Por eso, hoy, os invito a hacerlo en el silencio de la oración.

“Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él”

(Mateo 3, 15 – 17)

 EL JORDÁN.-  Como signo de conversión y perdón.

La aparición pública de Jesús comienza en el Jordán. Una gran masa de gente llega allí para dejar su pecado y Jesús se mezcla con ellos, se mete en las aguas fangosas y se deja salpicar por todos los pecados de la humanidad.

                        Jesús es nuestro Jordán.

Bautismo. 

  • Sumergirnos en Cristo.
  • Participar de su misión.
  • Renacer por medio del Agua y del Espíritu.

Sumergirnos en Cristo.-

El bautismo optado, en adulto, es como entrar en el Jordán, enterrar nuestro pecado y salir renovados.

            En el origen no estaba el pecado original. Estaba el sueño amoroso de Dios: el amor, la vida, la plenitud... En el plan de Dios no estaba el pecado.

            Por eso no podemos anclarnos en la negatividad. Somos criaturas amadas y queridas por Dios.

Esto no puede taparnos el saber, que estamos situados en un mundo donde hay lados oscuros y esos lados oscuros se sitúan, muchas veces, dentro de nosotros, dentro de cada uno en particular. Por tanto tengo que ser conciente de que existe pecado dentro y fuera de mi.

            Nadie puede dudarlo. Esta sociedad marginada, que necesita nuestra atención, nos está enseñando el pecado del mundo. Pero hay pecado, también en nuestro interior. No podemos echar la culpa a los demás de que en el mundo haya guerra, racismo, sida, pornografía, esclavitud... Todos somos culpables cuando actuamos fríamente y pasamos de largo como si ello no fuese con nosotros.

            Por eso hoy, vamos a dejar de nuevo que el agua de nuestro Bautismo lave nuestro corazón. Vamos a darnos cuenta de que Dios nos brinda, una vez más, la misericordia regeneradora y el perdón.

            Vamos a vernos limitados, frágiles, irresponsables...vamos a confesar nuestros fallos y vamos a sumergirnos en nuestro Jordán “Cristo” para que Él nos limpie y nos regenere.

Pues sólo el Señor puede convertirnos en portadores de misericordia. Sólo su gracia puede desterrar nuestras murallas, de desaciertos, para que pueda entrar la luz.  Sólo su bondad es capaz de hacer que nos dejemos abrazar por el Padre y sepamos, de verdad, quien es Dios.

 Participar de su misión.-

Jesús llega a bautizarse al Jordán, porque tiene clara su misión. Él ha venido a cumplir la voluntad del Padre y la llevará a cabo hasta el final. Pero Jesús necesita seguidores, necesita a las personas. Él no es solitario ni, mucho menos, egocéntrico. Él es don, salido de sí, entregado sin límites por amor a todos los hombres.

Jesús se ha fijado en cada uno de nosotros. Somos protagonistas de la obra de la salvación.

Hemos elegido libremente ser cristianos e implicarnos en su misión. Y aquí está la realidad; Él nos ha hecho una oferta y nosotros hemos respondido desde la libertad más absoluta; debe de ser grandiosa la dimensión que tiene el testimonio de quien está dispuesto a dar razón de la fe y de la esperanza en medio del mundo.

            Pues, si nosotros queremos ser uno de ellos, trataremos de poseer de verdad el espíritu de Cristo, que recibimos el día de nuestro bautismo y dejaremos que se encarne en nuestro interior; porque, cuando esto suceda, mostraremos a Dios con nuestra vida, en ese proceso transformador que hace grande a la persona. Y nos sentiremos con fuerza para cumplir la misión encomendada, porque nuestra respuesta se habrá traducido en el reconocimiento de nuestra pequeñez y en el acercamiento a Dios para que nos cambie por dentro, hasta que surja de nuestro interior, el milagro de ver en los demás al mismo Cristo.

            No creas que esto no es para ti. Todos tenemos necesidad del bautismo, sin excepción, pues todos formamos un mismo cuerpo y todos tenemos un mismo Señor: Jesucristo.

 Renacer por medio del agua y del Espíritu.-

            Cuando los hombres pierden la noción de Dios se alejan de la conciencia del pecado y huyen.

            Por eso es necesario renacer, dejar a Dios que me revele mi pecado y lavarme con el agua que limpia y regenera.

            Al salir del Jordán ya no seguiré los planes de los hombres seguiré los planes de Dios. Me dejaré empapar por  su palabra y me dejaré iluminar por su luz. Entonces, seré testigo de los pueblos, cumpliendo su encargo.

            Y diré a todos, Escuchad lo que dice el Señor:

“Oíd, sedientos todos, acudid por agua,

también los que no tenéis dinero;

venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde.  

            Dejaré, también, que el Espíritu de Dios habite en mi alma. Dejémosle obrar a través nuestro. Llevémoslo a los demás con nuestras palabras, olvidemos fórmulas e  ideologías y mostremos a la Persona: Jesucristo. Un ser alegre, vivo, lleno de paz, de luz, de sensibilidad... un ser que no ha venido a traer un libro de formulas y recomendaciones, sino un corazón de carne donde habita el amor.

PARA EL MOMENTO DE SILENCIO

  • ¿Qué significa para mí estar bautizado?
  • ¿He encontrado a Cristo en mi realidad de cristiano?
  • Después de tantos año de bautizado: ¿Sigue dando, el sacramento, sentido a mi vida?
  • ¿Qué zonas existen en mí que, todavía, no he dejado entrar la acción de la gracia?
  • ¿He llevado a Cristo a los lugares donde me toca vivir?
  • ¿Hago ver, con mi vida, que la salvación que Jesús ha venido a traer ha llegado ya. Que su pan alimenta, su alegría es plena y su evangelio es luz que santifica?
  • ¿Aplicamos nuestra vivencia de bautizados a nuestra vida personal, familiar, comunitaria, eclesial...?
  • ¿Es Jesús el, agua viva, que sacia nuestra sed de amistad, de comunión y amor?