
INVIRTIENDO EN BENEFICIO DE TODOS
Categorias: Merodio | Etiquetas: Testimonio
Por Julia Merodio
Siempre me gusta dedicar un artículo al sacerdote el día 19 de Marzo, día del Seminario.
Y me gusta, porque observo que, no siempre damos al sacerdote el puesto que merece, viven tan cercanos a nosotros que les hemos quitado ese puesto de honor que requieren. No el honor que entiende nuestra sociedad actual, sino ese honor de hondura y calado que les otorga el trabajar en lugar de Dios, el ser otros “Cristos” aquí en la tierra.
LAS ENERGÍAS RENOVABLES
El otro día me invitaron a una conferencia sobre las energías renovables; en ella nos enseñaban los principales elementos para conseguirlas: sol, aire, tierra y agua.
Sin pretenderlo, cuando escuchaba al ponente, venían tantas cosas a mi cabeza, que me parecían estar insertadas, dichas energías, en el tema que intentaba plasmar, sobre el sacerdote, dándome cuenta del gran parangón que se guardaba entre ambos.
Allí nos tenían a un grupo, para ir depositando en nosotros, la semilla de lo que intentaban meter, como fuese en nuestro interior, para que fuese germinando.
Me daba cuenta de que, el arma usada por la propaganda, tenía una eficacia enorme de convencimiento y tomaba conciencia de cómo, en cualquier faceta de la vida, estas armas son usadas con una especial maestría. De hecho, para que no se nos olvidase lo que habíamos visto, nos lo volverán a recordar todos los medios de comunicación, haciéndonos percibir lo útil, lo beneficioso, lo fructífero y lo imprescindible que es para nuestra vida. Tanto que, hasta nos hará…mucho más felices.
Tras aquella explicación pasamos a la sala de proyecciones para enseñarnos un vídeo en el que, con letras inmensas se leía: Invertimos en beneficio de todos. (Claro, de todos los que la puedan pagar, pensé yo)
Lo sorprendente estaba en que, para presentar aquella recomendación, habían elegido una cascada de aguas cristalinas que parecía que nos iba a mojar en cualquier momento.
Un mensaje llegó raudo a mi mente ¿Cómo que invierten en beneficio de todos, si: el aire, el agua, el sol, la tierra… que van a usar ya son de todos? Dios, nos ha regalado, -lo que ellos intentan utilizar- gratuitamente; y nos lo regala a todos, sin excluir a nadie, mientras que cuando lo transformen, muchos dejarán de poseerlo. No tendrán acceso a la tecnología porque no podrán pagarla y resulta que, después de privarlos de lo que es suyo, deberán aceptar lo provechoso del sistema.
A los que me acompañaban, les parecía una oferta tentadora, no importaba lo que costase, ni la gente a la que se pudiese llevar por medio; el que nos proporcionara: comodidad, confort y lujo era suficiente.
Ante mí desfilaron otro tipo de oportunidades. Oportunidades que benefician a todos, sin excepción y de las que, muy pocos, hacen caso. Ofertas, que se nos pasan inadvertidas porque no son competitivas: amor, fe, perdón, oración…; ofrecimientos que no acertamos a comprender lo que encierran dentro, por su honestidad y sencillez. Ellas sí son “energías renovables” invertidas, indiscriminadamente, a favor de todos y con el mayor provecho, capaces de proporcionar bienestar y felicidad sin necesidad de poseer un dinero para poderlas comprar.
Estaba claro que, en las energías que nos estaban ofreciendo, solo se buscaba: ganar dinero, cuanto más mejor y sacar una utilidad temporal…; mientras que, esas que no apreciamos y dejamos escapar, proporcionan una felicidad que sobrepasa el tiempo.
Una de esas sorprendentes energías, nos la ofreció nuestro Papa Benedicto XVI. Se trata del Año Sacerdotal que celebramos hace dos años. En él podemos encontrar las maravillosas consecuencias que tiene para todos, el que haya personas capaces de dar la vida por los demás. Creo que este sí que es un negocio rentable, aunque lo miremos solamente desde el prisma humano. ¿Quién es capaz de trabajar para los demás, en este momento de la historia, sin cobrar unos honorarios por su esfuerzo? Posiblemente, aquí radique el problema. En nuestro mundo nadie entiende que, alguien dé un servicio esmerado y un material de alta calidad sin recibir nada a cambio. Pero ahí están, estas personas, brindando al mundo: su bondad, su tiempo, su energía, su existencia… ellos solamente buscan transformar lo absurdo en humano y lo humano en divino.
LAS ENERGÍAS RENOVABLES
He tenido la curiosidad, de acercarme a un diccionario para ver lo que decía, de algo tan novedoso y que no conozco lo suficiente como para poder tratarlo en profundidad; en él leo: “Se denomina energía renovable, a la energía que se obtiene de fuentes naturales, las cuales son capaces de regenerarse de tal forma que se convierten en inagotables” -O sea, para mí, Dios-
Dando un paso más, también se nos dice que pueden ser contaminantes y limpias, o no contaminantes; y es curioso que entre las limpias, o no contaminantes encontremos:
- El Sol.
- El viento.
- Los ríos y corrientes de agua dulce.
- Los mares y océanos.
- El calor de la Tierra.
- Las olas.
¿A quién no le recuerda todo esto, aquel día de la creación en que Dios, con un corazón inundado de amor, fue creando cada una de ellas, para el bien de sus hijos?
Hay un dicho muy común “no hay peor ciego que el que no quiere ver” y, por mucho que se encarguen de ocultarlo, está claro que un cristiano y mucho más un sacerdote tienen que ser fuente de energía renovable, porque en ellos se cumple el requisito más importante, cargan su energía, en la principal y única fuente: Dios. Por lo que son capaces de regenerarse de tal forma que, junto a Él, su energía sea inagotable.
Es cierto que esto no nos quita nuestra humanidad, que hay momentos en los que nos alejamos de Dios, en los que no queremos aprovechar “su aíre, su luz, su agua…” en los que prescindimos de todo; pero pronto percibimos que, desde esa actitud nos convertimos en muñecos zarandeados por lo que marcan las circunstancias.
Posiblemente, el mismo Jesús, nos estaba plasmando esta realidad cuando nos contó la parábola del hijo pródigo.
Aunque la verdad es que la cosa ha cambiado un poco. Hoy no hablamos de algarrobas, hablamos de tecnologías avanzadas; porque tenemos el estomago lleno, pero esperamos con ansia que salga el próximo móvil, el ordenador más fiable, o el próximo codificador televisivo; esperamos solamente aquello que nos lleve a ese nuevo bienestar, de caducidad inmediata.
Posiblemente tengamos que dejar tantos adelantos para volver al Jardín, “a ese jardín de la manzana…” donde Dios bajase, también a pasear con nosotros a la caída de la tarde.
Porque corremos el riesgo de frecuentar lugares, donde no queremos que nos acompañe Dios, ya que la etiqueta que exigen no se corresponde con la suya.
Pero, no nos engañemos, también los sacerdotes corren estos mismos riesgos, su impacto ambiental no es lo favorable que esperaban y corren el riesgo de acoger otras energías alternativas que no les den tanto beneficio, pero que les hagan ser mejor acogidos por los demás. Y desde este riesgo que han de corren, no tardarán en darse cuenta que aquello que los acercaba más a los hombres, los iba separando de Dios, única fuente de energía permanente.
La conferencia, a la que estaba asistiendo, seguía y me di cuenta de que, no había acabado todo; ahora nos presentaban algo nuevo que superaba todo mi conocimiento, se trataba de la Biomasa.
Sé, que no sería capaz de explicar tan complicado proceso, ni sería oportuno hacerlo en este momento, sin embargo lo que decían me interpelaba y me cuestionaba.
La Biomasa, nos dijeron, es la energía almacenada, para ser transformada posteriormente en otras energías.
De nuevo tomaba sentido lo que pretendía plasmar. Si el sacerdote se va llenando de Dios podrá transformar muchas vidas, sanar muchas heridas, calentar muchos corazones gélidos, lavar muchos desamores, acoger a los desheredados de la tierra… su energía se esparcirá, se desplegará, se dispersará…y su vida irá dando vida a los demás.
LA SUERTE DE SER GENERADOR
Después de quedar admirados, ante tan magnifico progreso como resulta ser la energía eólica, resulta que nada funcionaría si no tuviese un generador capaz de mandar la energía al aparato.
Ahora sí, ahora ya tenía encajado al sacerdote. Él es ese generador que nos hace funcionar; un generador, además, tan novedoso, que es capaz de conectarnos con cualquier clase de energía, pues él mismo está conectado con el Espíritu Santo, poseedor y depositario de todas ellas.
Pero era significativo, que esa energía renovable, que ahora se nos ofertaba, viniese ya recogida en el libro, de los Hechos de los Apóstoles, con estas sorprendentes palabras: “Vino una ráfaga de viento impetuoso…”
Quedé impresionada. Toda esta modernidad, que intentan ofrecernos como algo portentoso, tiene su referencia desde hace cantidad de años, en La Palabra de Dios.
Lo vemos con claridad. Cuando amaneció el día de Pentecostés nadie sospechaba que, inesperadamente se acababa de estrenar un tiempo nuevo. Llegaba la apertura, la transformación, la libertad, la creatividad... “Las nuevas energías”
Hasta ese momento el miedo había paralizado el amor. Pero el Espíritu vino para devolver la calma, la serenidad, la alegría.
Es lo mismo que nos pasa hoy, nos sigue paralizando el miedo. El miedo a ser cristiano, a expresar nuestra fe, a vivir como bautizados... Por eso necesitamos la energía del Espíritu, para que impulse nuestra vida de creyentes, para que nos dé valor y ánimo; no para hacer cosas extraordinarias, sino para hacer extraordinariamente, lo ordinario.
Y aquí tenemos al Espíritu que, como el viento, es siempre sorprendente; no podemos programarlo, ni atraparlo; es libre y desconcertante, desborda nuestros planes y nos desestabiliza con frecuencia.
Imposible dar cabida a este viento, teniendo que competir con esas moles de aspas gigantescas, que tenemos regadas por nuestra geografía; el viento del Espíritu se aleja tanto del mundo moderno que son muy pocos los que conocen sus beneficios. Pero quizá, esta desinformación, también se deba a lo poco que lo anunciamos.
Todos sabemos que desde que intentan imponer las energías renovables, dan charlas a niños de colegios, a adultos, a empresarios… La enseñan en vídeos, hacen maquetas para que, los más pequeños, la capten con claridad… Pero nosotros no se lo contamos a nadie, seguimos metidos en nuestro “cenáculo” como el día de Pentecostés; claro que, posiblemente tampoco tendría demasiada respuesta nuestra convocatoria. Pero ¿no será que, hemos perdido esa capacidad de impacto que debiera producirnos y por eso no despierta interés en los demás?
PROGRAMANDO NUESTRA VIDA
Es posible que, al Espíritu le falte aprender a programar y por eso lo dejamos de lado; sin embargo, nuestras energías tienen unos programadores que impresionan. Hoy todos estamos acostumbrados a programar.
Programamos nuestro día, programamos el ordenador, el vídeo, la televisión, la calefacción, el aire acondicionado... y, lo que es peor, dejamos que otros nos programen a su antojo. Pero no nos importa hemos entrado en el progreso, en la independencia, en la libertad y creemos que lo importante es “vivir la vida”
Sin embargo, observamos con pena, cómo se va mermando nuestra creatividad, nos sentimos aprisionados por la sociedad, el consumo, la comodidad... Para nosotros ya no hay nada nuevo, y vivimos a la defensiva para que nadie nos quite lo que ya tenemos.
Por eso yo creo que, lo que de verdad necesita nuestro mundo, no son nuevas legislaciones, ni una nueva teología, ni nuevas estructuras, ni una nueva liturgia… El mundo de hoy necesita recibir la efusión de Espíritu, porque por muchos inventos que nos presenten, por muchas tecnologías que surjan, por muchos suntuosidades que pongan a nuestro alcance, sin la fuerza del Espíritu, el mundo será como un cuerpo sin alma.
De ahí que este sea, otro de los momentos en que ha de tomar fuerza la figura del sacerdote. Hemos de dejarle que nos ayude a abrir las puertas y ventanas de nuestro interior para que entre ese viento, ese soplo, ese aliento que necesita nuestra vida para empezar a ser nosotros mismos.
Necesitamos, ese aire que inunda, que sopla donde quiere, que lo oyes, pero no sabes de dónde viene ni a donde va; ese viento que te lleva, donde Dios quiere llevarte, si tu no ofreces resistencia.
Así, el sacerdote como el viento, ha de estar a disposición de las personas, pero respetando su libertad, sin manipularlas, sin atraparlas… Es verdad que, muchas veces, quisiera tener todo bajo control, pero no podrá; porque el Espíritu siempre nos conduce a la libertad plena.
Es en esa libertad como debemos acogerlo. Muchas veces pretenderíamos enseñarle dónde y cómo debe soplar. Quisiéramos domesticarlo, dosificarlo. Nos gustaría si pudiésemos, traducirlo: en normas, en leyes, en instituciones... Nos gustaría ahorrarnos: el escuchar, el discernir, el exigirnos. Pero no es posible, “al Espíritu no lo posee nadie, es Él el que nos posee a cada uno de nosotros” De ahí que a nosotros solamente nos quede decir:
Sé, con certeza, que Alguien ha apostado por mí, por eso mi vida, sólo puede ser, una acción de gracias.
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