Nuestra existencia

es un permanente reencuentro.

Un reencuentro siempre gozoso

con el amigo, con los recuerdos

que no son el pasado, sino los que

han forjado nuestro presente,

la cotidianeidad, el futuro incierto,

que siempre se estrena

con el vestido de la confianza.

Un reencuentro con cada estación:

la primavera estallando

con brotes prometedores,

el verano ardiente de frutos jugosos,

el otoño con su infinita

variedad de colores,

el blanco y frío invierno que anuncia,

de nuevo, el esplendor y la hermosura

de una nueva primavera.

Un reencuentro con el universo

que habita en nosotros,

con el eco de la primera explosión

de amor que aún resuena en el silencio,

que fluye por nuestras venas,

que está presente en nuestras células,

que es memoria en nuestro ADN,

que sacia la sed, y alimenta

el deseo, la búsqueda.

Un reencuentro con el permanente asombro de la belleza de un rostro,

del primer y del último amor, de un cielo estrellado, de unos ojos profundos,

del azul del mar,

de la comunión fraterna,

de la oración sin palabras,

de un testimonio de vida que nos invita

a reencontrar la fe en la humanidad.

Un reencuentro con nuestro Dios,

Padre y Madre, que es

Fuente, Camino, Sencillez, Ternura.

Un Dios encarnado, carne de nuestra carne, pasión, dulzura, clamor contra

el sufrimiento, entereza en el dolor, esperanza ante la desilusión,

aliento y decisión contra la comodidad,

certeza oscura de que siempre

estamos en sus manos.

Un reencuentro con el Niño

que nació pobre, desnudo, marginado,

perseguido, silenciado.

Que nos hace volver cada día a la infancia primera, a la claridad en la mirada,

a la sinceridad de la palabra,

al juego divertido de la vida,

a la sorpresa permanente,

a la lágrima estremecida.          

Un reencuentro con la vulnerabilidad,

con la debilidad, con la fragilidad,

es decir, con la fuerza del Amor,

que nos impulsa a creer posible,

y trabajar por “crear un mundo nuevo,

que todavía no haya sido ensayado”

en nuestra diaria realidad.

En cada uno de estos momentos

de la vida se da el reencuentro

con el misterio diáfano, con el destello,

con la epifanía de la Navidad.