Tan sólo han pasado unos días desde que celebrábamos la Navidad y la liturgia, después de adentrarnos en el Jordán nos sitúa ante la llamada que Dios nos hace, a ser profetas en medio de este mundo plural y alejado de su creador, que vive un momento de crisis profunda tanto económica, como de valores morales.

 

LA VOCACIÓN 

            Ante esta perspectiva, en la que nos movemos, la iglesia busca testigos fieles, mensajeros de la Buena Noticia del evangelio, que lleven la Palabra y el servicio a cualquier rincón del mundo, donde les toque vivir.

            Pero como todo el que ha sido llamado, no es él el que busca la Palabra, sino que es la Palabra la que lo busca a él, dando comienzo en su interior a la grandeza de la vocación.

            Toda vocación se basa, en la manera que cada uno elige de cómo vivir su vida, como percibirla, como alcanzarla y como ordenarla hacia un servicio a los demás

            Sin embargo, el origen de toda vocación radica en una llamada, una demanda que no nace de la persona, sino que la recibe y la acepta desde su libertad más plena.

            Por eso la vocación exige, ese proyecto de vida, elaborado en base a unas experiencias confrontadas con un sistema coherente de valores, que den sentido y dirección a la existencia.

            Pero la vocación cristiana es algo más denso. En la vocación cristiana la llamada viene de Dios. Él es que toma la iniciativa, dando tiempo para que el ser humano responda libremente, desde un diálogo amoroso de participación entre Dios y la persona.

            De ahí que los que, hemos recibido la llamada, debamos preguntarnos:

-       ¿Por quién soy llamado?

-       ¿A qué soy llamado? 

-       ¿Para qué soy llamado? 

Por tanto, si la semana pasada centrábamos nuestra atención en la gracia del Bautismo, esta semana habremos de centrarnos en la implicación que lleva el estar bautizado, tomando conciencia de que, todo cristiano –por el hecho de estar bautizado- está llamado a hacer de su vida una respuesta y un servicio.

 

ANTE NUESTRA PROPIA VOCACIÓN

Por lo dicho anteriormente, vemos con claridad que la vocación ha de surgir de una llamada, pero nuestro mundo se mueve por impulsos y es tardo a escuchar, por lo que solemos vivir nuestra vocación, sin apercibirnos de ello.

¿A quién oímos decir, tengo vocación de casado-a, de esposo-a, de padre – madre…?

Parece que la vocación se reserve siempre, para sacerdotes y consagrados-as, el resto es algo connatural que no tiene nada que ver con la vocación.

Sin embargo la Palabra de Dios lo deja claro­: “la vocación surge de una llamada” ¿A qué se debe entonces el que vivamos como si en nosotros no se hubiese producido tal circunstancia?

Todos hemos comprobado que cuando esperamos una llamada, sobre todo si es importante, estamos en silencio para poder oír cuando llamen; es más, si hay gente alrededor nuestro, les pedimos que hablen en voz baja o que estén callados, no queremos correr riesgos, nada ni nadie ha de impedirnos oír su sonido. Por eso, parece cuando menos, sorprende que la llamada más importante de nuestra vida, la que nos alerta de nuestra vocación, sean pocos los que la escuchan y menos los que la siguen.

En este momento de la historia, la gente se casa porque le apetece, por condicionamientos, por interés, por… cada uno sabe su realidad y si se trata de la vocación religiosa, en la que podría asegurar que si surge de una llamada, vemos con pena que, realmente escasea demasiado.

 

RENOVANDO NUESTRA VOCACIÓN

            Por eso, hoy que la liturgia nos plantea esta apasionante e importante realidad, sería bueno que la abordásemos detenidamente.

            La mayoría de nosotros con respuesta a la llamada o sin ella, nos encontramos ante una situación consolidada; por eso sería bueno que en este comienzo de año nos parásemos para analizar y renovar nuestro proyecto de vida, nuestra vocación personal.

            Con este pasaje evangélico, en el que los discípulos siguen la llamada del Maestro se descubre que, el secreto de la vocación, brota del descubrimiento de la Persona que llama y la posibilidad de poder ir tras Él, pues el fragmento deja claro que toda respuesta requiere una actitud, la actitud de ponerse en pie y seguir tras los pasos del que convoca. ¿Maestro dónde vives?

            No puede plasmarse con más precisión. Solamente una relación del tú a tú hace posible la amistad y el afecto; conocer la vida de la otra persona y sentirse fascinado por ella, es lo que provoca el seguimiento. “Eran las cuatro de la tarde” –nos dice- imposible borrar de la mente usa fecha, que hizo saltar de gozo nuestro corazón.   

            Pero, tristemente, esta realidad queda lejos de los que nos movemos en un mundo culto e imprevisible, como el nuestro.

            Nosotros tenemos métodos para sopesarlo todo, no necesitamos llamadas y menos de desconocidos. ¿Quiénes de nosotros preguntaríamos a un desconocido donde vive? ¿Quiénes seguiríamos a alguien que nos dijese: “Ven y verás”?

            Lo primero que nosotros haríamos sería buscar sus datos en Internet, asegurarnos de quien es el que nos llama, trataríamos de saber si su manera de vivir es coherente… y, lo que es más, si no nos conformásemos con eso buscaríamos a un detective, pero no cometeríamos la insensatez de preguntarle a él mismo y seguirle por lo que haya dicho.

            Sin embargo, si fuésemos capaces de descender a nuestro fondo encontraríamos ese momento, en el que aparece un encuentro personal con el Señor, ese momento en el que, sus palabras hicieron arder nuestro corazón y decidimos seguirle; lo que vimos y sentimos nos arrastró de forma ineludible. Tanto que, como los discípulos recordaremos siempre la hora exacta de tan admirable encuentro.

 

MOMENTO DE ORACIÓN

            Buscamos el silencio, como venimos haciendo con normalidad. Esperamos a que nuestro interior esté calmado. Tomamos conciencia de que, también hoy, es el mismo Jesús el que nos convoca a nosotros y sintiéndonos profundamente amados por Él, empecemos observando como pone en nosotros –Jesús- la mirada, lo mismo que la puso en aquellos discípulos de Juan.

            Detengámonos ante el Señor para ver que, cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles para Él.

            Veamos como el mismo Dios nos ha llamado a la existencia, como un proceso de maduración y crecimiento. Observemos las posibilidades que el Señor nos ofrece cada día. El potencial de dones que nos ha regalado. La grandeza para acoger nuestras limitaciones y necesidades. Y comprobemos que todo esto da lugar a nuestra Vocación Humana.      

 

            En un segundo momento observemos como Jesús nos llama a la vida, nos llama a la fe que supone, adentrarse en la aventura de Dios. Un Dios que se nos va revelando en nuestro proceso personal, como Padre amoroso, que nos llama a la santidad, a participar en Su plenitud, a amar y ser feliz, haciendo felices a los demás. Porque la santidad es una llamada universal dirigida, sin excepción a todos los bautizados y es, precisamente ahora, cuando comprobamos que esto da lugar a la Vocación Cristiana.     

 

            Por último podíamos también, dedicar algo de tiempo para repasar nuestra vocación especifica, aquella que hemos elegido. Veamos si somos capaces de vivirla como una adhesión a Cristo, como un encuentro en el que nuestra persona se va transformando, va creciendo, va madurando… Porque la vocación en un cristianos no se puede vivir de forma etérea, ni abstracta, sino como un proceso de madurez y compromiso al mundo y a la Iglesia.

 

            Después, podemos tomarnos un tiempo para hacer una oración de alabanza.