LLAMADOS A RESUCITAR

LLAMADOS A RESUCITAR
LLAMADOS A RESUCITAR

Si hay algo significativo que, pasamos por alto con asiduidad, son las primeras palabras de los pasajes de la resurrección. El relato comienza con estas palabras: “El primer día de la semana…” O sea hoy.

Porque hoy es el primer día de la semana que tenemos presente y hoy, es el primer día, del resto de la vida que nos queda. Por tanto es hoy, y precisamente hoy, el momento idóneo para resucitar.

            Es el primer día de la semana, o sea hoy, el día en que Jesús aparece en nuestra vida. Y es que Jesús se nos aparece, porque se da cuenta de que nos hemos quedado inmóviles, ante incontables episodios de muerte.

Cuántas veces nos decimos:

-          ¿Para qué seguir? Si ya ves los resultados.

-          ¿Para qué esforzarse? Si ya me he acostumbrado.

-          ¿Para qué confiar? Si al final todo se tambalea.

 

JESÚS SE HA IDO

Lo que menos esperaban, los seguidores de Jesús, es que el final llegase de esta manera. Y ahí están: solos, aislados, desprotegidos, llenos de miedo, encerrados en el cenáculo y sin la menor esperanza de que, lo acabado de suceder, tenga ningún arreglo.

Ellos mismos, aunque de lejos, fueron siguiendo los acontecimientos y no les han dejado ningún lugar de duda. Saben que Jesús está muerto y bien muerto; y ellos, sumergidos en tan significativa pérdida, sumidos en la desolación.

Pero un golpe en la puerta les hace sobresaltarse. Están seguros de que, lo suyo no será muy diferente a lo de Jesús y, por lo tanto, ya vienen a prenderlos. Sin embargo al abrir comprueban que, son unas mujeres exaltadas las que, llenas de asombro, vienen a decirles que le han visto. ¡Mujeres tenían que ser! Siempre tan exageradas, tan fanáticas… ¿Acaso alguien puede creer que hayan visto a un muerto puesto en pie?

 

HABLA MARÍA, LA MADRE 

No sé por qué os sorprende tanto, el que digan que lo han visto ¿acaso no os dijo que volvería a la Vida?

Es verdad y todos lo visteis, que casi me muero con él, cuando llegó a mis brazos machacado e irreconocible; pero el corazón de una madre va más allá de los hechos y, aunque el dolor fuese insoportable, yo sabía que mi Hijo era demasiado grande para quedar atrapado por una gigantesca losa de piedra.

Yo sabía que Dios, su Padre, no era un Dios de muertos sino de vivos y sabía que frente a la cruz, el sufrimiento y la caída, existían la alegría, el perdón, la libertad y la resurrección.

Mi corazón rebosaba seguridad, en que mi Hijo ofrecería su luz y su gozo en una vida nueva y resucitada. Una vida rebosante, henchida y plena. Y, aquí lo tenéis, mi Hijo Vive y seguirá viviendo en cada ser humano por toda la eternidad.

 

                        ¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!