Testimonio real

manomano.jpgEran las 9 de la mañana cuando me disponía a coger un autobús que me llevara a mi destino. Un destino que, aunque no fuera un viaje de placer era algo agradable y beneficioso para mí.

Lo que nunca podía imaginar es que Dios estuviese esperándome allí, tras aquel rostro.

 

Era el rostro de una niñita deforme. Por su aspecto no parecía tener más de dos años.

Cuando me acerque a la mesa donde iba a sentarme para desayunar, nuestros ojos se cruzaron y el corazón me saltó en el pecho; aquellos ojos llenos de legañas y costras se clavaron en mí. Yo haciendo un gran esfuerzo, desde aquel dolor que sentía, le sonreí, ella me devolvió la mirada con una tenue sonrisa.

        El pelo, un poco largo, tapaba su frente y pómulos para disimular su deficiencia; las manos, no sé si las movía, pero eran sus padres los que hacían llegar un vaso de leche hasta su boca; lo que sí se veía con nitidez es que sus píes, cubiertos con unos simples calcetines, eran rígidos, sin forma y, un poco, vueltos hacia atrás.

        El aspecto de, los que me imagino eran sus padres, también llamaba poderosamente la atención. Dos jóvenes, por su atuendo sin recursos y posiblemente con una vida, difícil y marginada, dejaba encogido el corazón. No sé si la trataban con suficiente cariño, pero al menos la tenían a su lado y la alimentaban.

Yo con fuerza dije al Señor: ¿Por qué has tenido que esperarme en esas condiciones? ¿No pudiste hacerlo de forma más confortable? No tardó en responderme:

¡De qué poco te asustas! Es fácil vivir, con un sueldo que llega a fin de mes, una casa confortable, calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, pero hay que dejar esos muros y salir fuera para ver. Hay que cruzar el umbral de la riqueza para sentir, hay que llegar hasta esos hijos de Dios, con los mismos derechos que tú que, sin embargo, malviven, buscan la comida en la basura, tienen úlceras y contraen enfermedades, que a vosotros os parecen triviales, pero que a ellos los llevarán hasta la misma muerte.

        Ahí los tenéis sufriendo, mientras vosotros estáis desasosegados porque no os llega el dinero para disfrutar de vacaciones más impactantes,  ni podéis ir unos pocos kilómetros más lejos que los vecinos de al lado.

        Señor: Me has dejado sin palabras. Sólo me queda pedirte perdón desde lo profundo de mi corazón. Pero te pido algo con mucha más fuerza. ¡Sana a esta niñita! Yo sé que Tú lo puedes todo. Por eso te digo: ¡Tienes que sanarla! ¡Ayuda a sus padres, para que puedan salir adelante!

        Bien sé Señor que, no la volveré a ver más, incluso si la viera no la reconocería, pero eso no importa. Lo importante es que la sanes ¡Sánala, Señor! Sé que para Ti todo es posible ¡Ayúdalos, Señor!

        Todavía resuenan en mis oídos las palabras del evangelio, cuando le dice S. Pedro al paralítico: “No tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy: En nombre de Jesús Nazareno ¡Levántate y anda…!

        Hoy te lo digo yo, una persona todavía más débil y limitada que Pedro. Una persona capaz de negarte cuando las cosas se ponen mal, pero que, como Él, sabe que contigo todo es posible. En nombre de Jesús Nazareno ¡Sánala!

        Ya estoy más tranquila, no sé a ciencia cierta lo que habrá pasado, pero tengo la seguridad de que Tú, por el medio que, te haya parecido mejor, habrás irrumpido en la vida de esos jóvenes y esa niñita para ayudarles en su necesidad.

        Dios se acababa de hacer presente. Tantas reflexiones sobre Dios… y, sin pretenderlo, acababa de encontrarme con Él.

        Ese viaje fue especial. Me resultaba fácil ver a Dios. Cada árbol, cada montaña, cada tramo de carretera me hacían ver a ese Dios: queriéndome, amándome, viniendo a encontrarse conmigo.

        El día era espléndido, un sol cálido me esperaba en cada parada. Pensaba lo injusta que soy cuando no paso todo el día dando gracias a Dios por todas las gracias que me da.

        Cerré los ojos y de nuevo, pedí perdón. Con los ojos cerrados seguía viendo el rostro de aquella niña pero, sobretodo, veía sus ojos, esos ojos que me parecieron tener una gran conjuntivitis.

        Levanté la vista y, en el autobús donde viajaba, unos asientos delante de los nuestros observe un grupo de monjas jóvenes, por su inconfundible hábito supe que pertenecían a la comunidad de “Madre Teresa de Calcuta” alegres, llenas de paz. De nuevo la niña vino a mi mente ¿La habrían visto ellas, me preguntaba? Seguro que no. Imposible que hubieran pasado de largo, aunque el motivo de ello fuera el de no perder el autobús.

        Volví a pedir por ella. ¿Qué otra cosa podía hacer? A mi garganta llegaba, ese nudo, que se me ponía con sólo traerla al pensamiento.

        Sin embargo, yo sabía bien que nada de lo que pasa carece de sentido. Esa niña no había salido a mi encuentro, tan sólo porque sí. Esa niña me traía un valioso mensaje que nadie podía imaginar, esa niña me estaba mostrando la ternura de Dios.

        Su cuerpo, ciertamente, estaba deformado, pero su alma era inmensa. Sus ojos legañosos y ulcerados, pero su mirada estaba limpia. Sus extremidades paralizadas, pero su fondo estaba habitado por el mismo Dios.

        Verdaderamente era una flor, como las que yo veía en mi camino. Quizá la gente al verla sólo encontrase un cactus con sus espinas, sus púas, intocable, desagradable… pero yo estaba segura de que dentro de ella había una gran flor que un día brotará. No sé ni cómo ni cuándo, pero brotará. Y la grandeza de su corazón le subirá a la cara y aparecerán sus bellos colores, su gran delicadeza… y estoy segura que cualquier persona que se le acerque descubrirá que allí estaba Dios.

        Entonces se darán cuenta, como yo me di que, encontrarse con Dios es abrirte a la vida, es detener el tiempo, es encontrar ese oasis que parecía inexistente en medio del desierto.

        En aquel viaje aprendí a decirle a Dios ¡Eres increíble! ¡Eres maravilloso! Miraba por la ventanilla y me sentía rodeada de naturaleza, de silencio, de paz…

        En ese viaje afiance mi creencia en los milagros de la vida y me reafirmé en que, el mayor milagro consistía, en seguir viviendo.

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