Vamos llegando, un año más, a la jornada de Manos Unidas, desde donde se nos brinda una manera ideal y segura para ayudar a los necesitados, sin embargo, rara vez reflexionamos, sobre lo que ellos nos aportan a nosotros y os aseguro que, ciertamente, es muchísimo.

            De ahí que os invite, a pararnos un momento, para adentrarnos en el tema.

“A vosotros os digo, amigos míos, no tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer. Temed a los que tienen poder para matar el alma”               (Lucas 12, 1 – 7)

 

CONDICIONES DE USO

            Todos hemos comprobado que, habitualmente, cuando damos algo a un necesitado, lo damos con “condiciones de uso”: Tiene que emplear, el dinero recibido, de la forma que nosotros creamos más conveniente; comprar lo que nosotros le digamos; hacer buen uso, de las escasas monedas, que ha recibido; comerse ese bocadillo que le hemos proporcionado cuando a nosotros nos parezca apropiado; llevar esa ropa, que ya no nos servía, le guste o no –para eso se la hemos dado-… y estar eternamente agradecido a tan “singular favor” Pero nos hemos preguntado alguna vez:

  • ¿Qué esperan los pobres de nosotros?
  • ¿En qué creen los pobres?
  • ¿A quién creen los pobres?
  • ¿Por qué creen los pobres?

                        -  Seguro que creerán en Dios, Padre Todopoderoso.

-  Porque creerán en Alguien que tenga poder.

-  En Alguien generoso.

-  En Alguien desprendido…

            Es por eso, por lo que creo que su manera de actuar, nos está proporcionando una enseñanza magistral. Ellos nos muestran:

 

  • Una lección de humildad

Contemplemos un pobre pidiendo.

-          Es una persona que se encuentra sola.

-          No tiene a nadie que le ayude a salir adelante.

-          Está tirado, en la calle, en el camino… como los pobres que nos presenta el evangelio.

-          No se atreve a levantar la cabeza, mira al suelo como tratando de esconderse, por miedo a ser reconocido.

-          Y tiene la mano extendida, en señal de súplica.

Pero, normalmente, pasamos de largo sin aventurarnos a esbozar la pregunta ¿Qué nos dice esto a nosotros?

  • De momento, delata nuestro egoísmo.

-          Nosotros no nos comeríamos un bocadillo preparado por un desconocido.

-          Ni nos pondríamos la ropa que otros han tirado, que no se sabe a quién puede pertenecer.

-          Tampoco seríamos capaces de ponernos a pedir en la puerta de una iglesia. ¿Y si nos reconocen? ¿Y si alguien nos insulta? ¿Y si nos humillan? ¡Nos moriríamos de vergüenza!

Sin embargo aquí está ese pobre, y este, y aquel… cargando con su fardo lleno de suciedad acumulada por todos los que, al pasar de largo, dejamos que cayera sobre él: la lluvia, el polvo, el granizo, la enfermedad. Es una costra pegada; impregnada de aburrimiento, ignorancia, e ingratitud. ¡Imposible levantarse con algo tan pesado!

Esta situación nos está enseñando que, también a nosotros nos falta luz para seguir caminando, para tener un comportamiento digno, para amar a todos, para dar con generosidad.

Nos muestra todas esas veces que, en nuestra vida, nos hemos dado cuenta que nos asustaba la responsabilidad y preferíamos seguir tirado al borde del camino, porque nos comprometía demasiado entrar en él.

Nos muestra, la ceguera que nos hace mendigar, camufladamente que queremos ser tenidos en cuenta. Pero era más fácil depender de los demás, hacerme el “tonto” para que los otros arreglaran nuestro problema, sin caer en la cuenta de que nuestra miseria cada vez pesaba más, hasta llegar a aplastarnos en un sinsentido.

 

LAS LECCIONES DE LA VIDA

Más hoy he aprendido, de los más pobres, que eso es lo cómodo pero no lo bueno. Que necesito ponerme en pie, entrar en el camino, dándome cuenta de que no puedo depender de los otros. Soy yo, con mi esfuerzo, el que tengo que quitarme el fardo de encima. Soy yo, el que tengo que ponerme en pie y empezar de nuevo a caminar.

Sin embargo, la mayoría de las veces, el problema mayor está en “no ver” en ir por la vida con los ojos cerrados:

-          No somos capaces, de ver las carencias de los demás.

-          No somos capaces, de ver a la gente que nos pide: un poco de amor, de comprensión, de tolerancia…

-          No somos capaces de verlos cuando, posiblemente conviven con nosotros.

-          No queremos abrir los ojos para ver, porque posiblemente, nos complicaría demasiado la vida.

Por eso, vamos a decirle, al Señor, con fuerza: ¡Señor, que vea! Quiero dejarme ayudar por los que me acompañan en el camino; quiero déjales que me ayuden a entrar en mi fondo, para que ver esas carencias que no me dejan distinguir con claridad; quiero llegar a esas zonas de mi corazón que todavía están sin sanar.

            Quiero aprender de ellos lo que es sentir necesidad y salir al camino a esperarte, a verte pasar y a dejarme enriquecer, tan sólo, por Ti.

 

  • Una lección de esperanza

El pobre siempre espera ¡Qué remedio le queda! Él no tiene seguros de vida, ni una suculenta suma en el banco por si las cosas se ponen mal, ni un buen abogado para cuando llega el momento de apuro.

      El pobre espera: que la gente sea generosa; espera calidez en el trato, comprensión, apertura, una sonrisa… y, sobre todo que se escuche su voz.

¡Qué enseñanza para nosotros, personas acomodadas, que no esperamos nada ni a nadie!

Por eso, he tomado la decisión de aprender a ser pobre. De aprender a esperar, a mirar más allá de las cosas, a levantar mis ojos a Dios, a tener tendidas mis manos y abierto el corazón.

Quiero aprender a vivir una vida donde Dios habite y fluya de tal forma que, sin pretenderlo, todos confíen, todos esperen, todos sepan... que es posible la salvación.

Quiero ser arcilla en las manos de Dios y déjale que me moldee. Quiero que mis actitudes den razón de mi esperanza.

Quiero salir al camino, donde hay tanta gente desalentada, desencantada, cansada de esperar; porque es preciso que alguien les cuente -no sólo lo que ha leído y oído- sino, sobretodo, lo que ha visto. Es preciso que nuestros hechos lleguen a los demás y es preciso que empecemos a actuar ahora, pues es demasiado evidente que las palabras llegan muy pronto pero los hechos se hacen esperar.

Por eso, Señor:

            Crea en mí una actitud limpia y transparente.

            Porque necesito, que llenes mi vida, de esperanza.

Necesito tu presencia salvadora en mi interior.

Necesito sorprenderme ante el misterio del ser humano.

Necesito que un amor fuerte colme mi corazón.

 

  • Una lección de generosidad

Cuando la gente de nuestro entorno se va a países pobres lo que más les llama la atención es su manera de compartir. Y eso tiene su punto de razón; el que solamente tiene una chavola, no tiene miedo a meter a la gente, porque sabe que no hay nada que se puedan llevar, sin embargo el que tiene su casa llena de joyas y montones de objetos de valor, no puede meter a gente desconocida por si se encuentra con una sorpresa. El de la chavola, tampoco tiene que pensarse mucho el que en su mesa se siente alguien más a comer, con echar un poco más de agua al arroz todo está solucionado; sin embargo el rico es distinto, necesita unos cuantos filetes más, algún langostino para que sobre… no puede poner en su mesa a tanta gente; también tiene que pensar que pueden estropearle la tarima flotante y en un descuido se puede romper su flamante vajilla o su gran cristalería… ¡Cómo necesitamos los instalados la lección de generosidad que nos dan los pobres!

San Juan Crisóstomo decía que: “Lo que es del Señor es todo común” el fin que tenían sus palabras era el de compartir en una comunidad donde abundaban los huérfanos y las viudas –que no tenían ninguna cobertura social- para que la comida y la asistencia llegase a todos. Sus enseñanzas eran para los ricos presentes y no para los pobres ausentes.

Vamos a fijarnos en estas sugerentes palabras surgidas de uno de sus sermones:"como un río que atraviesa a la tierra feraz por muchos canales, así ustedes distribuyan las riquezas dándoles salida por múltiples caminos hacia las casas de los pobres. Si de los pozos se saca toda el agua, luego sale más abundante y limpia. Pero si se los abandona, se pudren. Así la riqueza estancada es inútil; pero si se mueve y pasa de mano en mano se vuelve un bien y fruto común"

No es nueva la lección del compartir, pero es sugerente que sean los pobres los que nos la brinden.

         Para nadie es ajeno el que los inmigrantes trabajen para mandar dinero a los que se dejaron en su tierra: esposos, padres, hijos, familiares…

            Para nadie es extraño, el que compartan piso un montón de personas, que van llegando a buscar una vida más digna.

            Y aquí están enseñándonos a trabajar en tareas duras, mal retribuidas.

            Enseñándonos a cuidar, a esas personas mayores que no podríamos tener en casa si no fuese por ellos.

Enseñándonos, a veces, humanidad; una humanidad que se pierde cuando de tanto producir se endurece el corazón.

Porque:

  • No siempre damos los que nos consideramos ricos.
  • Porque, no siempre enseñamos los que creemos saberlo todo.
  • Porque, no siempre compartimos, los que tenemos guardadas un cúmulo de cosas inservibles, que no usaremos jamás.
  • Porque, todavía, no somos capaces de entregarnos desde la gratuidad.