
SAN PEDRO Y SAN PABLO
Categorias: Merodio | Etiquetas: Evangelio
LLAMADOS A SER: SAL Y LUZ DE LA TIERRA
Estamos en una semana, en la que llaman nuestra atención, dos figuras relevantes en la Iglesia: San Pedro y San Pablo, dos pilares fuertes donde se apoyó, con fuerza, el cristianismo, aunque hayamos llegado a tal punto que, si hiciésemos una encuesta, quizá fuesen muchos los que ni siquiera sabrían quienes eran, ni si habrían existido.
Sin embargo ¡Qué importantes en nuestra vida! ¡Qué ejemplo de coraje y valentía! ¡Qué fuerza destilan al defender a Jesús Resucitado! Creo que, es un momento sublime para acercarnos a ellos, a fin de descubrir el camino que lleva a Dios.
DOS VIDAS SINGULARES
Bien sé que, cuantos os disponéis a acercaros a estos dos grandes santos, sabéis muy bien todo lo que se funde en torno a ellos; pero hoy no quiero hacer historia, quiero brindar un tema de reflexión, por eso elegiré, unos rasgos de cada uno, que nos sean provechosos en nuestra realidad.
S. Pedro
Yo creo que, el rasgo más sobresaliente en la vida de Pedro, estriba en su entusiasmo por el Señor. A su lado no escatima esfuerzos para cambiar su fogosidad y entusiasmo, por esa finura y humildad que rezuman las vidas de los seguidores de Cristo.
Pedro es el preferido de Jesús, pero a nadie se le ocurriría presentarlo destacando y aireando sus virtudes; a Pedro, como a todos los grandes Santos, no se les presenta por sus “moralidades” –como haríamos con los destacados de la tierra- se le presenta por su parquedad y sencillez y es tal la sobriedad al mostrarlo que, por el relato evangélico deducimos simplemente que, era discípulo de Juan Bautista, y que: “estando con él, vieron pasar a Jesús”
Para Pedro pasa inadvertida la presencia de Jesús, ni siquiera lo conocía. Sin embargo Juan, sabía bien, quien era el que pasaba, por eso dice: “He aquí el Cordero de Dios”
A nosotros hoy nos resulta asombroso como, ante unas palabras tan sorprendentes, nadie preguntase, nadie indagase… simplemente nos dice el evangelio que oyéndolo, los discípulos se fueron tras Él.
Jesús es siempre el que toma la iniciativa, pero a veces de una forma tan inusual, que pasa desapercibido. Jesús podría haber empezado a hablar de un proyecto de vida, de unas garantías para la existencia, de fondos económicos… pero no. Jesús se vuelve y les dice ¿Qué buscáis? Los hace a ellos protagonistas de la búsqueda y con sorpresa para todos, la afirmación de los que acompañaban a Juan no se hace esperar, con una sola palabra escueta y clara, dicen: “Maestro”
Y es que, Jesús siempre toca el corazón y por muchas que sean las razones que el corazón no entienda, el mensaje llega con claridad, pues lo queramos o no, el corazón tiene su propio lenguaje.
“¡Cómo ardía nuestro corazón!” dirán años más tarde los de Emaús y mucha gente podría decir lo mismo en este momento. ¡Cómo arde el corazón cuando te dejas acompañar por el Señor! “Y se fueron con Él y se quedaron con Él todo el día…”
Nosotros no podemos hacer esas cosas, tenemos demasiadas obligaciones como para pasar un rato con el Señor por eso nos perdemos momentos tan hermosos como este, en el que Jesús posó en Pedro su mirada. ¡Es admirable! Pedro lo había dejado todo, por eso lo único que tenía que hacer era dejarse mirar por el Señor. Lo que no podía imaginarse era, lo que iba a suponer en su vida, el que Jesús volviera a mirarlo después de haberlo negado.
Quizá sea este un momento importante, para que nosotros también nos dejarnos mirar por Jesús, para escuchar de su boca, como Pedro: Tú eres (que cada uno ponga su nombre)…
PEDRO SE ENCUENTRA DE FRENTE CON JESÚS
Pedro ese hombre fuerte y generoso, entusiasta por Cristo Jesús, notaba arder su corazón cuando se acercaba al Señor y notaba que aquella sensación era diferente a otras que había notado antes. Por eso Jesús lo pone al frente de su proyecto.
Todavía nos sigue pareciendo imposible que Jesús se fijara en un hombre tan rudo e irrelevante, sin embargo Jesús, que conocía bien quien era Pedro, no duda en depositar en sus manos las riendas de su Iglesia.
El evangelio está plagado de momentos en los que Pedro es el protagonista. Buscaremos algunos:
El jesuita, Piet van Bremen, un escritor que me encanta, dice en uno de sus libros que, “está convencido de que hay practicas religiosas, oraciones, meditaciones… que dan poco fruto, en la mayoría de los casos porque la persona hace demasiado” Es una frase que me llega al fondo. Me doy cuenta de que hay momentos, en esta vida hacia Dios, en que es tanto el entusiasmo y la exaltación que queremos poner todos nuestros esfuerzos para adquirir la mayor “productividad”, sin darnos cuenta de que estamos equivocados, pues esa exigencia lejos de ser una virtud podría ser más bien una tentación.
Sin embargo, Pedro está lejos de esta realidad. Él sigue a Jesús sin preocuparse de nada más. Parece que hubiera oído con antelación, esas palabras que más tarde oiría de boca de Jesús: “Quien pierda su alma por Mí la encontrará” Que sería como decir hoy: “Quién pierda su tiempo por Mí lo encontrará” porque ese será el tiempo más valioso de su vida.
REGALAR NUESTRO TIEMPO A DIOS
Pedro ha regalado a Jesús todo su tiempo. Ha dejado su trabajo, su oficio… pero ha empezado a hacer, aún sin saberlo, algo muy productivo, algo realmente productivo: entregar su vida al mismo Dios.
De ahí brotará ese pasaje evangélico, realmente impactante, en el que Jesús le pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? El evangelio nos cuenta que tomando Pedro la palabra dice: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo” Pedro no había asistido a la catequesis, Pedro no había ido a clases de liturgia, ni de teología, ni había hecho un master en religión; Pedro había vivido con Jesús, le había regalado cuando era y tenía y Jesús le había recompensado ampliamente. ¡Qué palabras tan maravillosas salieron de la boca de Jesús hacia él!: “Bienaventurado eres, Simón, porque esta verdad no te la ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”
Acabamos de ver que Jesús viene a traer una novedad desconocida. Jesús ya no escribe en tablas de piedra, escribe en el corazón de la persona y Pedro es el primer prototipo de esta realidad. Jesús vuelve a hacer una alianza con Pedro, pero no como en el Antiguo Testamento, sino que pacta en su interior, “Escribiré en sus corazones, nos dice, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”
Pedro cada vez tiene más a punto el corazón. Ahora nos toca poner a punto el nuestro. Trabajarlo de tal manera que Dios pueda escribir en él su mensaje y su alianza; por eso vamos a llegar a la oración con el corazón abierto y disponible para dejar reposar la semilla que, Dios quiere hoy sembrar en él.
DESGASTARSE A FAVOR DE LOS DEMÁS
Cuando uno lee este epígrafe, no necesita que le aclaren que vamos a hablar de San Pablo.
Cada una de sus cartas destila, por cualquier rincón que se le mire, esta realidad: “Gastarse y desgastarse por Cristo”
La información que tenemos, acerca de la vida de este gran apóstol, está contenida en "Los Hechos de los Apóstoles"
De él sabemos que nació en Tarso, que su primer nombre era Saulo y que fue educado en la rigidez de la doctrina de los fariseos, por lo que era un hombre cumplidor y legal. También aprendió muy bien el idioma griego, usado entonces por la gente culta de Europa y que, de joven, fue a Jerusalén a especializarse en los libros sagrados, como discípulo del rabino más famoso y sabio de su tiempo, Gamaliel.
También sabemos que durante la vida pública de Jesús Saulo no estuvo en Palestina por lo que no conoció personalmente a Jesús; es, después de que Él muriese cuando vuelve a Jerusalén y al encontrase con que, sus seguidores, se habían extendido de forma tan considerable emprendiese, con muchos otros judíos, una feroz persecución contra los cristianos.
Por ello no duda de salir para Damasco con órdenes, de los jefes de los sacerdotes judíos, para apresar y llevar a Jerusalén a los seguidores de Jesús. Pero por el camino una luz deslumbrante lo derribó mientras oía una voz que le decía: "Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?" Él preguntó: "¿Quién eres tú?- y la voz le respondió: "Yo soy Jesús al que tú persigues". Pablo añadió: "¿Señor, qué quieres que yo haga?" La voz le ordenó: ve a Damasco porque allí te indicarán lo que tienes que hacer.
En Damasco un discípulo de Jesús lo instruyó y lo bautizó y, desde ese momento, dejó de ser fariseo para empezar a ser: apóstol, cristiano y seguidor de Cristo
Más, esas actitudes, no le son impuestas repentinamente. Pablo al encontrarse de frente con Jesús, entiende que no está preparado, que no sabe todo… y lo primero que hace es irse a Arabia y estar allí durante tres años meditando, orando e instruyéndose en la doctrina cristiana.
Creo que este modo de actuar de Pablo es un toque de atención muy importante para nosotros, personas del siglo XXI, insertadas en la productividad que queremos realizar y ensamblar todo a base de conferencias, reuniones, charlas, seminarios, comidas de empresa… de manera rápida y eficaz.
Pablo capta con claridad que, la forma de actuar que tiene Jesús es distinta a la del mundo. Jesús antes de encomendar una misión, antes de realizar un envío manda a la persona sosegarse y esperar; esperar a que Él le mande el Espíritu que se lo enseñe todo, que lo acompañe en todo, que le dé luz para saber la manera de proceder y la fuerza para llevarlo a cabo.
Por eso es necesario, tener muy claro que, si nadie puede atrapar al Espíritu es necesario esperar a que venga. Cosa quizá fácil en tiempo de Pablo, pero muy difícil para los que vivimos en la sociedad de las prisas.
Normalmente, estamos excesivamente impacientes, inquietos, desasosegados… queremos resultados rápidos, certezas concretas… y, no somos capaces de esperar. Preferimos trabajar por Dios, embriagarnos de actividad antes de callar y esperar.
Pero la Palabra de Dios nos lo dice sin ambages: El Espíritu Sólo se le es dado:
- A los que le esperan.
- A quienes, día tras día, abren sus oídos a su Palabra en la oración.
- Para los que invierten horas y horas en lo que, para la gente inmersa en la productividad y el consumo, es considerado como una pérdida de tiempo. (Hechos 1,4)
- En los que se dejan aleccionar y quitar las escamas de sus ojos para ver con claridad…
LA GRACIA DE LA EXPERIENCIA
Jesús, lo mismo que a sus discípulos, lo mismo que a Pablo, nos sigue diciendo hoy: Seguid creciendo en interioridad, resistid las ganas de hacer otra cosa, hasta que os hayáis librado de ese deseo compulsivo de actuar, de esa urgencia de comunicar a todos lo que, vosotros mismos, aún no habéis experimentado.
Y, una vez que os hayáis preparado y hayáis recibido el Espíritu Santo, entonces sí. Entonces daréis testimonio de Mí, no sólo en Jerusalén, sino en todos los confines de la tierra. Porque sin el Espíritu, aunque no lo notéis, seréis testigos falsos o, en el mejor de los casos, personas emprendedoras pero no Apóstoles. Hablaréis de lo que otros os han contado, pero no de lo que habéis experimentado y el mensaje llega distorsionado a los demás.
Las personas, sin experiencia de Dios son personas que desean, compulsivamente, convencer a los otros de lo que ellas mismas no están convencidas. Por tanto si es Jesús el que da el poder, lo nuestro será estar preparados para: Recibir.
Esta es la palabra adecuada RECIBIR. Nosotros no hablamos del poder del que habla el mundo: (Poder.- Como, fuerza poderosa, para aplastar al débil) Nosotros hablamos de otro tipo de poder. Un poder que no podemos producir por nosotros mismos, un poder que solamente puede ser recibido. Aunque la gran mayoría de los que nos acercamos a Dios sigamos sin entenderlo.
Porque los que de verdad deciden seguir a Jesús y vivir seriamente el evangelio lejos de estar llenando de ideas su cabeza… pondrán a funcionar su disponibilidad, para esperar en silencio la llegada del Espíritu de Dios, lo mismo que lo hicieron, estos dos grandes pilares del cristianismo que son: San Pedro y San Pablo.
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