Al repasar la agenda para ver que tema podía ofreceros, encuentro que el día 2 de Octubre es el día de la no-violencia y me sonó demasiado fuerte tener que dedicar al año, un día para la no violencia, ¿tan violentos somos?

Cuándo aprenderemos que, todos los días, tienen que ser días de: paz, de concordia, de armonía, de paz, de reconciliación… Días en que nos sintamos como hermanos, hijos del mismo Padre: Dios.

 

LOS DERECHOS SON DE TODOS

            La agresividad, la irritación, la agitación… son actitudes habituales en nuestra convivencia ¿quién no se irrita o se agita a lo largo de una jornada?

No hay día, que no nos salude un telediario, un periódico, o una noticia de Internet, con conductas de esta categoría, en más o menos grado. Pero lo, realmente, grave es observar que, estas conductas, no terminan en sí mismas, llegan más lejos y dan paso a esa violencia, en la que unos pocos se creen con derecho de atacar indiscriminadamente, a quienes no piensan como ellos o simplemente les incomodan.

            Es, en este punto, cuando llega la violencia límite, el mayor grado de violencia, la violencia que ataca a lo más sagrado de la persona, a la misma vida. Y que esta tipificada como –violencia activa-

            Pero hay otro tipo de violencia, -la violencia pasiva- para nada, menos significativo que la primera, pero que como no se ve preferimos ignorarla antes que implicarnos en ella. Yo misma, en tantos años escribiendo, no recuerdo haber tocado el tema en profundidad y no porque no quisiera hacerlo, ya que de pasada lo he apuntado muchas veces, sino porque ni siquiera se me había ocurrido.

 

VIOLENCIA ACTIVA

            Todos sabemos que la violencia activa es la que, todo el mundo entiende como conducta violenta.

            Viene dada por esas personas que, como decía antes, no respetan los derechos de los demás, que no son capaces de involucrarse de sus problemas y creen que el fin justifica todos los medios. ¡Cuántas veces nos paraliza ver que, hasta una madre, es capaz de matar a sus hijos creyendo salvarles del horror!

            Sin embargo yo, personalmente, creo que detrás de esas conductas se encierra una vida de inconformismo, de problema, de insatisfacción, de heridas sin curar, de complejos de infancia… hasta a veces, de un estado enfermizo del que esas personas están deseando salir sin nadie les ayuda a ello.

Todos nos llevamos las manos a la cabeza cuando el hecho se ha consumado, pero somos incapaces de implicarnos en poner soluciones cuando todavía hay tiempo.

            Existe un pecado comunitario del que no nos gusta hablar, ni nos gusta planteárnoslo, pero que lo queramos o no, nos acompaña y todos estamos inmersos en él y quizá sea hoy un buen día para detenernos en ello.

 

 

VIOLENCIA PASIVA

            La agresividad que se desarrolla en la violencia pasiva, es mucho más sutil y difícil de detectar; es más, hasta hace pocos años, esa agresividad ni siquiera se consideraba violencia ya que, solapadamente, y a veces, con una sonrisa en los labios, se podía pisotear y escarnecer la vida de la otra persona, simplemente porque alguien creía tener dominio sobre ella.

            Pero aunque, gracias a Dios, el progreso, la cultura y la formación vayan tendiendo a que esa actitud desaparezca, no podemos obviar que, se encuentra más cerca de nosotros, de lo que nos gustaría:

¡Cuánta gente de la que nos encontramos en nuestro camino es violenta!

¡Cuántos han empujado a otros a la depresión, al hundimiento, al sinsentido…!

Vemos madres que, con maridos e hijos, que se van de casa. Hijos que se van a sitios, poco recomendables, porque no son capaces de arrastrar el fardo de humillaciones, desprecios e indiferencias que, solapadamente, se despliega en su familia. Familiares y parientes, que se apartan cuando descubren en su entorno conflictos de cualquier clase… Y ¿por qué? ¡Alguien ha pensado lo que han tenido que pasar hasta llegar a eso!

            ¡Cómo me molesta que la gente gaste el tiempo en buscar culpables en lugar de utilizarlo en descubrir soluciones!

 

LA VIOLENCIA EN LA FAMILIA

            Todas las conductas distorsionadas que se nos presentan, han comenzado a fraguarse en la familia. Lo he oído repetidamente a personas estudiosas del comportamiento humano. Ellos apuntan, cómo este proceso da comienzo cuando el niño oye hablar a gritos, intercambiar insultos, acumular ofensas… al niño le afecta cualquier actitud hostil de desamor que pueda presenciar por muy pequeño que nos parezca.

            Se nos olvida tener presente que la violencia es acumulativa. Todos esos episodios de agresividad, que nos parece tener asumidos, aparecen cuando la discrepancia vuelve a aparecer. La gente se niega a dar importancia a un hecho tan cotidiano, “estamos muy ocupados cómo para ver un problema donde no lo hay” –se dicen- y, comprobamos con pena que, sin pasar demasiado tiempo, esas escenas que nos parecían tan triviales, han dado paso a patologías que algunos arrastrarán toda la vida.

            Es verdad que nos parece que nosotros no podemos hacer nada ante situaciones de este tipo, pero no es así. Abandonando el problema no se soluciona y nadie podrá corregirlo por nosotros. De ahí que sea necesario trabajar nuestra conducta, nuestra manera de comportarnos, de admitirnos, de tolerarnos…

La personalidad hay que trabajarla; la vida familiar hay que trabajarla, la convivencia hay que trabajarla… y cuando nos parezca imposible hacerlo hay profesionales, que pueden darnos las herramientas necesarias, para hacerlo, pero lo que no podemos olvidar es que, somos nosotros mismos, los responsables de esforzarnos para que eso funcione.

 

LOS QUE SABEN AGUANTAR

            En el caso de la violencia tiene mucho que ver nuestra actitud. La vida hay que asumirla con fortaleza de ánimo, pero la fortaleza es uno de los dones del Espíritu Santo, cosa bastante ignorada en nuestro tiempo y cuando una persona, sabe aguantar su situación, la gente no lo entiende.

            Cuando hablamos de aguantar no hablamos de una actitud pasiva de resignación, sino que como criaturas de Dios, dolientes y zarandeadas por contrariedades; baqueteados por el sufrimiento, somos capaces de cuestionarnos sobre la razón de ese padecer.

            Es verdad que todos vamos acumulando resentimientos, rencores, tristeza… y es posible que muchas veces nos sintamos abatidos La humanidad no nos la quita nadie y todos tenemos un corazón sensible, pero es cierto que todo depende de nuestra actitud.

            Nosotros conocemos, como Jesús también fue tratado injustamente y sabemos el valor que tuvo su sufrimiento redentor.

            De ahí la importancia de prepararnos para el sufrimiento, de aceptarlo como parte de nuestra condición humana y valorarlo como una gracia que nos va trabajando como personas y como cristianos.

 

ANTE UN ATAQUE

            Si nos paramos a observar quién ataca, nos damos cuenta de que, las personas atacamos cuando no tenemos argumentos donde basar nuestra defensa. Si nos dicen que hemos hecho una cosa mal y no ha sido así, daremos toda clase de explicaciones para demostrar que, el que nos ataca está equivocado; pero si  somos culpables atacaremos sin escuchar ningún planteamiento. Cuántas veces ante una discusión de este tipo hemos oído ¿y tú qué? No hay más que decir, todo ha quedado claro.

Es una frase frecuente, “un ataque es la mejor defensa” y se ataca a la persona, a la familia, a los seres indefensos, a los ancianos que no se pueden defender, a ciertos estamentos de la sociedad, a la Iglesia… y se difama y se actúa con ligereza… pero a eso no lo llamamos violencia; no hay golpes, no hay hematomas, no hay sangre… ¡eso no es nada!

Pero ¿y el alma? ¿Y el corazón? ¿Cómo mostrar los hematomas y las heridas de dentro?

¡Nos echamos las manos a la cabeza ante los casos de violencia y pasamos por alto ante la agresividad que pasea por nuestra vida!

 

HACEMOS SILENCIO PARA VERNOS DESDE DENTRO

            Permitidme que, para fundamentar el tema, os brinde estas palabras de S. Pablo a los Corintios 4, 7-10:

 

Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan, estamos apurados pero no desesperados; acosados, pero no abandonados, nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”

 

            Tomamos, una vez más, conciencia de que queremos vernos por dentro. Hacemos silencio en nuestro interior hasta que notemos, que estamos relajados, centrados en lo que vamos a hacer, alejados de las prisas y dispuestos a escuchar al Señor, para que sea Él, el que nos diga, eso tan personal que quiere expresarnos a cada uno.

-       Comenzamos a mirarnos, por dentro, a nosotros mismos.

-       Observamos nuestra conducta.

-       Nos detenemos en nuestros comportamientos.

No es necesario que valoremos nada, simplemente que vayamos tomando conciencia de esas actitudes que nos pasan desapercibidas, o aquellas que pasamos por alto deliberadamente.

 

Observamos un día cualquiera de nuestra vida y nos vamos deteniendo para ver personalmente:

-       Cómo han sido mis reacciones cuando las cosas no me han salido como esperaba.

-       Qué tono ha tenido mi conversación, cuando me dijeron eso que no quería oír.

-       Qué actitud tome, ante aquel trabajo que, teníamos que hacerlo entre todos.

 

Después de una pausa, sería bueno que nos preguntásemos:

  • ¿He dejado realizarse como personas, a cuántos has puesto a mi lado?
  • ¿Les he ido, sutilmente, apagando su ilusión y su alegría?
  • ¿Habré conducido a alguna persona a la depresión, con la excusa de que, era una persona difícil y yo, ya tenía bastante con lo mío?
  • Cuando he visto casos de estos cerca de mí ¿he tratado de ayudarles o me he ido al camino cómodo, diciendo que eso no era cosa de todos?
  • Cuando mis perspectivas se han visto frustradas, ¿he descargado mi furia contra los demás, sin importarme el daño que pudiese hacerles?
  • Si mis planes no han salido como esperaba ¿le he echado la culpa a Dios?
  • (Se pueden seguir añadiendo preguntas más personales)

 

Ahora leemos lentamente las palabras de Pablo a los Corintios. Vemos el Tesoro que se nos ha confiado y nuestra fragilidad.

Nos damos cuenta de que todo lo que Dios permite en nuestra vida es para bien.

            Así estaremos delante del Señor pidiéndole con fuera que nos haga personas de paz. Que nos preste su delicadeza, su dulzura, su finura… para tratar a los demás.

Y le pediremos que nos ayude a vivir de tal manera que, un día pueda decirnos:

“Bienaventurados vosotros, los pacíficos, porque sois llamados hijos de Dios”