
TE INFUNDIRÉ MI ESPÍRITU Y VIVIRÁS
Categorias: Merodio | Etiquetas: Testimonio
Vengo ante Ti, mi Señor, con mi cuerpo cansado, mi corazón herido y mi alma marcada con los signos de la muerte. Pero vengo esperanzada y gozosa, porque sé que, Tú abrirás mi sepulcro y viviré.
La paradoja nos acompañará siempre. Y en este último domingo de cuaresma, se nos muestra de una manera singular.
Así vemos que, cuando todavía, no hemos llegado a la sinrazón del viernes Santo, Jesús ya decide mostrarnos un retazo de la resurrección.
Por eso, cuando Lázaro vuelve a la vida, por mandato de Jesús y las cosas se empiezan a ponerse difíciles, para Él y sus seguidores, quiera darles una lección de ánimo demostrándoles que, Él no se arredra, manifestará el poder de Dios, aunque este hecho firme la sentencia de su muerte y vayan a por Él cueste lo que cueste.
YO MISMO ABRIRÉ VUESTRO SEPULCRO
Jesús había leído muchas veces, en la sinagoga, al profeta Ezequiel 37, donde se proyecta, de una manera singular, el poder de Dios sobre la muerte.
Había leído el versículo que dice: “El Señor me invadió, con su fuerza” y eso le había dado ánimo; pues ¿cómo caminar, por un valle de huesos secos, sin la fuerza del Señor?
Jesús estaba comprobando de primera mano que, en la tierra donde habitaba se habían secado los huesos de sus contemporáneos, se había desvanecido la esperanza y estaban perdidos.
Pero parece que, eso tampoco nos suene a nuevo, a la gente de hoy. La esperanza ya no tiene cobijo en muchos corazones y el rumbo de nuestro caminar, a veces, nos hace pensar que estamos perdidos.
Y es que, en el mundo, donde se da tanto culto al cuerpo hay muchas losas por levantar y muchos sepulcros por abrir. Ante nosotros aparecen cada día, la muerte de:
- La pobreza: de cuerpo y de alma.
- La destrucción de la naturaleza.
- La enfermedad, que nos sobrecoge.
- Las adicciones de cualquier tipo.
- Los accidentes en carretera.
- Los abortos, descubiertos o encubiertos, todos ellos asesinatos camuflados.
- Menores y jóvenes, además de los mayores, capaces de: atracar, distorsionar, violar… incluso matar impunemente.
- La falta de un trabajo digno.
- La soledad de nuestros mayores
- La tristeza, el desamparo, la marginación…
- El desamor, la falta de fe…
- La angustia de la depresión.
Sepulcros camuflados que albergan tantas personas en medio de la cultura del bienestar.
Pero, la gente, prefiere ignorar la realidad que implicarse en ella. La gente prefiere ignorar a Dios antes de que la interpele. Porque hay algo sorprendente, Dios siempre cuenta con la persona para realizar su obra y eso nos asusta demasiado
No nos interesa escuchar que, hoy como siempre, se nos diga: “Profetiza al Espíritu, porque cuando lo hagas así, yo mismo, abriré vuestros sepulcros, os sacaré de ellos y cuando os saque de ellos, sabréis que soy el Señor” y no nos interesa escucharlo, porque todos sabemos la suerte que corren los auténticos profetas.
Sin embargo aquí lo tenemos. ¡Qué grandeza! Os infundiré mi espíritu y viviréis, os estableceré en vuestra tierra y sabréis que: “Yo el Señor, lo digo y lo hago”
PERDER LA VIDA
Casi, sin darnos cuenta, vamos dejando por el camino retazos de nuestra vida; unos voluntariamente, otros arrebatados sin piedad.
Cuando se van viviendo, ya bastantes años, empezamos a notar que, la vida, se va volviendo rígida; nos sentimos inmóviles, fríos, calculadores… nos vemos atrapados, por multitud de ataduras terrenas y somos esclavos de sus experiencias.
Por eso, sería bueno, callarnos durante un rato para comprobar:
- Cuáles son nuestras ataduras.
- Cuáles nuestras esclavitudes.
- Qué realidades, nos van llevando a la rigidez.
- Y, a qué grado de frialdad ha llegado nuestro corazón.
Después, de este rato, en el que quizá nos hayamos agobiado, oigamos por boca de Jesús: ¡Quita la losa! Por grande que sea, por mucho que pese ¡Quítala!
Ahora escucha lo que dice la Palabra de Dios: “Yo os libraré de todas vuestras infidelidades y os purificaré” Os sacaré de vuestras muertes: del miedo, la desesperanza, la tristeza, la duda, el cansancio, el conformismo, el desamor… y, os demostraré que, el que ama, no puede estar muerto.
¡Qué momento tan especial de confianza plena! ¡Si la gente, fuera consciente de que Cristo, siempre contagia vida, todos se acercarían a Él!
Lo dijo con estas profundas palabras: “Nadie me quita la vida, la doy Yo voluntariamente” Y nosotros ¿Somos capaces de perder la vida por los demás?
Si estamos dispuestos a ellos, cabría preguntarnos:
- ¿Por quién estoy dispuesto a perder la vida?
- ¿Qué me hace perder la vida?
- ¿Para qué pierdo la vida?
- ¿Qué concepto tengo de lo que supone perder la vida, para darla?
Miremos a Jesús. Él lo tiene claro, sabe perfectamente que, si devuelve la vida a su amigo Lázaro, la suya peligrará, pero no lo piensa dos veces; Él devuelve la vida a su amigo, a cambio de la suya propia.
Y, como no podía ser de otra manera, Lázaro resucita, porque todo el que recibe a Cristo Resucita. Resucita: a la alegría, a la paz, a la superación, a la generosidad, al perdón, al amor… Todo el que recibe a Cristo en su vida, resucita a la verdadera: VIDA.
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