
UN MUNDO DE METAS ALTAS
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La Vigilia Pascual presidió el comienzo de los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta Pentecostés. Un tiempo eminentemente alegre que tendría que vivirse en regocijo y fiesta. De hecho, en este tiempo, toma prioridad el Aleluya que aparece como heraldo de la Buena Noticia.
Por tanto en la liturgia aparecen novedades que gritan la Resurrección. Aparece:
- El cirio Pascual.- Luz de Cristo.
- El Agua Bendita.- Renovación del Bautismo.
- El canto del Gloria.- Como alabanza y honor a Dios.
- La Bendición solemne.- Para darnos fuerza y llevar lo vivido a los
que no han podido recibirla.
SUMIDOS EN EL DESAMPARO
Acabamos de terminar la primera semana de Pascua, en la que veíamos, a los seguidores de Jesús: solos, aislados, desprotegidos, llenos de miedo, encerrados en el cenáculo y sin la menor esperanza de que, lo acabado de suceder, tuviese ningún arreglo y, ellos sumergidos en tan significativa pérdida, se habían dejado atrapar por la desolación.
Pero Jesús se da cuenta de que, en ese lamentable estado, no pueden entrar en el gozo de la pascua; aunque sepa bien que, este momento difícil, será un soplo de luz para su entumecida alma. Porque Dios, en estos momentos difíciles de los que todos huimos, los usa para trabajar nuestro barro y hacer que salgamos fortalecidos de la situación.
Más: la luz, la alegría, el gozo… de la resurrección, no son una exclusiva para sus discípulos; la Pascua tiene un carácter universal, es una gracia que llega a través de todos los tiempos. Por eso después de revivir, aquella admirable historia en presencia del Señor, sería bueno volver a preguntarnos:
- ¿Cuánta gente, de la que tenemos alrededor, se ha dado cuenta de esta grandeza?
- ¿A qué rincones, de nuestra sociedad, ha llegado el gozo de la Pascua?
- ¿Cuánta gente, de la que vemos vivir con normalidad, demuestra con su manera de comportarse, que Jesús ha resucitado?
- ¿Se nota en algo que estamos en tiempo Pascual?
A NOSOTROS TAMBIÉN NOS ALCANZA EL DESALIENTO
Una de las constantes de nuestro tiempo es: el desaliento de unas vacaciones terminadas; el ver nuestra economía mermada y un marcado intento de preparar el próximo periodo de descanso; lo demás nos trae sin cuidado. ¡Con seguir como estamos – solemos decir- ya nos conformaríamos!
Y yo me pregunto: ¿A esa miserable esperanza, aspira un mundo que parece tener unas metas tan altas?
¡Debe de ser, ciertamente, triste vivir a espaldas de Dios!
Pero, y los cristianos:
- ¿Dónde nos hemos metido?
- ¿Qué razones damos de esperanza?
- ¿Qué clase de ilusión vivimos?
- ¿Dónde hemos dejado la alegría de la Resurrección?
RECREADOS POR JESÚS
Con la Resurrección ha aparecido una nueva creación. Hemos renacido con Cristo y somos criaturas nuevas. Se nos ha regalado la gracia de Dios personalmente; hemos sido inundados de dones para que, desde nuestro interior, vayamos perfeccionándonos como obra suya.
Ya no necesitamos profetas, como en el Antiguo Testamento; nosotros hemos participado de la Pasión y de la Resurrección de Cristo que nos llevan a dar culto, tan sólo al mismo Dios.
Cristo se ha convertido en nuestra Piedra Angular y nosotros en miembros del Cuerpo de Cristo para que, unidos a Él, vayamos transformando el mundo.
Dios, en este diferente nacimiento, nos ha dado una nueva oportunidad al compromiso que adquirimos el día de nuestro bautismo.
Por eso es importante volver a porfiar en que, la Resurrección ha merecido la pena, no sólo, porque Dios ha cumplido su palabra, sino porque me ha recreado; me ha devuelto a la Vida, para que crea de verdad que Él es parte de mi existencia y que amando y dejándome amar por Él, residirá en mí la fuerza de la Resurrección.
Y es que, el Señor, nos llama a vivir con Él; para enviarnos, como a los apóstoles a cumplir una misión: La nuestra personal.
Por eso ahora, empezamos a entender que, de nada vale la Resurrección si no tomamos y hacemos nuestras las palabras pronunciadas por Jesús un tiempo antes:
“Bienaventurados los pobres, los que no piden seguridades, ni certezas… los que no se avergüenzan de Mí…”
Jesús ha dejado todo atado y bien atado. Ya no necesita estar físicamente con nosotros; lo seguiremos encontrando en el mundo a través de múltiples formas, especialmente en la Eucaristía como alimento.
Ahora solamente nos queda seguir la obra de Dios, trabajando por un mundo mejor; siendo capaces de servir, de lavar los pies, de ayudar a tantos Cristos vivientes como encontramos en nuestro entorno en cada momento de la vida.
Por eso vamos a ponernos ante el Resucitado para que transforme nuestros corazones; para que la valentía se adueñe de nosotros y no tengamos miedo a nada a la hora de construir el Reino.
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