
UN RENACER A LO AUTÉNTICO
Categorias: Merodio | Etiquetas: Adviento
Si la semana pasada veíamos que María aparecía, veladamente, en las palabras que nos ofrecía el profeta Isaías, en esta cuarta semana, hace su presentación como un personaje bien definido: María de Nazaret y, desde este momento, las palabras que habíamos usado como: esperanza, velar, creer, esperar, sorprendernos… pasan a un segundo término para dar paso a otras todavía más significativas: fidelidad, asombro, gozo interior, confianza, admiración…
Y resulta que, en un mundo donde la palabra fidelidad “la han borrado del diccionario” aparece, con más fuerza que nunca, traducida en esa confianza, en la que muchos han dejado de creer.
Porque, en María fiel a Dios, se produce el milagro de que la salvación se haga presente entre nosotros.
LA VIRGEN DARÁ A LUZ A SU HIJO
La última semana de Adviento, es la que da paso al renacer a lo nuevo y lo auténtico. Por eso tiene que ser una semana especial, alegre, sublime, densa. Ha de ser una semana en la que se haga vida, de forma concreta, la Palabra de Dios dentro de cada uno de nosotros, porque sólo así podremos ser, esa Buena Noticia, para los demás.
Posiblemente durante esta semana, en la oración ante el Señor, nos hayamos hecho esta pregunta: ¿Si buscasen a alguien que quisiera tomarse en serio el evangelio podrían contar conmigo o tendrían que esperar a otro?
Estoy segura de que, querríamos que contasen con nosotros, aunque a la hora de llevarlo a cabo ya no fuese tan evidente. Cuesta mucho ser evangelio, en un mundo donde se encuentra a tanta gente desalentada, desencantada, cansada de esperar… Resulta difícil acercarse a tantos como se han marchado porque no han encontrado a nadie que calmase su sed de búsqueda.
Sin embargo ha llegado lo que parecía imposible. Ha llegado Alguien que quiso tomar en serio el Evangelio, para poder llevarlo a los demás. Esa persona es María.
“Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa “Dios-con-nosotros”).(Mateo 1, 22 – 24)
CUANDO SE ENCUENTRA LA LUZ
Aquí está, la portadora de la luz. Y nos trae la luz porque fue capaz de salir de la noche. Fue capaz de vencer, la oscuridad. Y encendió un inmenso resplandor porque no dudó en albergar dentro de sí a la Luz del mundo, al Señor del universo, al mismo Dios.
Y es que, la Encarnación no es solamente una experiencia, es una realidad, es el Dios hecho hombre en el seno de una muchacha sencilla y desconocida, es el misterio que nos tiene que llevar a reconocer presente al mismo Dios en cada ser humano; pues es, el mismo Espíritu de Dios, el que lo habita.
Posiblemente, tampoco, los que se cruzaban con María reconocían a Dios dentro de Ella ¡lo llevaba tan dentro! Pero no sólo les pasaba a ellos, ¿quiénes de nosotros, somos capaces de reconocer a Dios en el hermano, incluso aunque acabe de comulgar? ¡Qué pobreza la nuestra vamos por la vida con los ojos abiertos, para mirar, pero sin ser capaces de ver!
Sin embargo, María, con esa mirada limpia que poseía, por tener los ojos puestos en el Señor, es capaz de abandonar todos sus planes y entregar su propio cuerpo para ser fecundado por el mismo Dios.
De ahí, que se convirtiese en signo luminoso del Espíritu, que actúa en la historia del ser humano de manera imprevisible y con intervenciones que están por encima de cualquier medio convencional.
En ella se encuentra la grandeza y la inmensidad de Dios. Porque Él, que no necesitaba a ninguna persona para poder actuar como quiera, cuenta con María para proseguir su obra.
¿Acaso después de contemplar el prodigio que se efectúa en María, puede alguien entrar en la cueva de Belén sin agachar la cabeza y caer de rodillas ante el misterio?
La pequeñez y la grandeza de María caminan juntas por eso ella es la que abre y cierra el adviento sin apenas hacerse notar. Sabemos bien que a ella le gusta siempre ocupar el segundo plano, pero lo cierto es que cualquier acontecimiento tiene su perfume, su sabor, su sello, sabemos que ella impregna siempre la vida donde se encuentra Dios.
MARÍA SUPO ACOGER LA PALABRA
La Palabra de Dios acontece, cuando Él nos la quiere revelar. Dios, siempre es el que toma la iniciativa, por eso la Palabra, se hizo realidad en una escucha y porque María escuchó, hoy llega la salvación a todos los rincones de la tierra. Y llega, desde el más profundo silencio.
Sin embargo, vemos con tristeza que, el mundo de hoy, no conecta con la Palabra. La gente, de nuestro tiempo, solamente quiere utilizarla, degradarla, servirse de ella para sobresalir; se dedica a escudriñarla, a investigarla, a indagarla… y fracasa rotundamente; porque la Palabra se da a conocer, donde quiere y cuando quiere; y, solamente, los que la acogen desde la humildad y la gratuidad, son capaces de dejarla germinar en su interior.
Es, por tanto, en esta cuarta semana de Adviento, cuando se nos presenta el más claro ejemplo de ello; aquí está María para confirmar esta realidad.
Ella se dejó guiar, por Dios libremente; y el Señor, respetuoso con el ser humano, lejos de coaccionar su libertad, llamó a su puerta y le pidió permiso para entrar en su vida.
Porque la Palabra no irrumpe, ni asalta, no grita, ni quita la libertad… Dios, discretamente, nos provee con el pan de su Palabra para dar alimento y fuerza a nuestra vida.
¡Quién no ha tenido experiencia de situaciones parecidas a esta! Nos hemos encontrado cantidad de veces dando vuelta a las cosas que más tarde se han solucionado con acierto. Todos nos hemos visto en situaciones límite, que nuestra cabeza no podía abarcar y que luego nos hemos quedado sorprendidos de cómo las ha solucionado la ternura, infinita, de Dios.
Lo tenemos ante nuestros ojos. ¡Cómo es posible que una virgen quede fecundada sin conocer varón! ¡Cómo es posible que, el mismo Dios, decida la condición humana y pase a ser uno de nosotros!
Imposible poder realizarse si en ello no interviene la ternura amorosa de nuestro Padre Dios.
PARA DIOS NO HAY IMPOSIBLES
Aquí lo tenemos. Aquí está hecho realidad:
“La Virgen, concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros”
¡Qué momento tan admirable, para contactar con la Palabra y abrirnos a ella! ¡Qué momento tan sublime, para dejarla habitar en nuestro corazón!
Quiero invitaros a observar, con qué finura entraría María en la Palabra. Porque hay que tener muy en cuenta la importancia y la forma de entrar en ella.
En la Palabra, no se puede entrar bruscamente y sin sosiego. Hemos de entrar despacio, con quietud, reposadamente… Llevamos todo el adviento preparándonos para ello; purificando nuestro interior, abriéndonos a lo nuevo disponiéndonos a la acogida; por eso ahora, después de saber cómo la acogió María, quedamos sorprendidos de la fuerza que puede dar a nuestra experiencia humana.
Por eso, en este tiempo que queda hasta Navidad, busquemos esos tiempos de soledad y escucha. Acerquémonos a la Palabra. Hagámoslo, hasta que, la relación con Ella, nos lleva a introducirnos en ese proceso, en el que se manifestará la certeza de Dios hasta poder decir, como María:
“Mi alma engrandece al Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi salvador”
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