AQUEL A QUIEN BESARE, ESE ES: ¡PRENDEDLE!

AQUEL A QUIEN BESARE, ESE ES: ¡PRENDEDLE!
AQUEL A QUIEN BESARE, ESE ES: ¡PRENDEDLE!


 

 La Cena ha terminado y, Jesús con sus discípulos, se han dirigido al huerto de Getsemaní para orar. Es allí, donde un beso, un simple beso sirve para entregar a un inocente a la muerte.

¡Cuántas personas ansiosas por un beso! Un beso que no llega: el beso de ese hijo que se ha marchado de casa, el beso de aquel hermano con el que tuvimos esa discusión, ese beso de perdón que sellaría la reconciliación, tantos besos… que serían medicina para sanar y sin embargo, ante nuestros ojos alucinados, aparece un beso que ha servido para condenar a muerte a un hombre íntegro.

Lo que le esperaba no tarda en llegar. El miedo se va apoderando de Jesús. Su cuerpo tiembla al observar aquella impresionante columna. Sin mediar palabra comienzan a atarlo a ella, con aquellas impresionantes sogas. Junto a él, tan sólo aquellos a los que les habían impuesto la carga de azotarlo.

Yo me pregunto:

  • ¿Qué sentirían?
  •  ¿Serían capaces de mirar a Jesús a la cara, después de cada latigazo?
  • ¿Qué experimentarían en su alma tras cada gemido de Jesús?
  • ¿Cómo quedaría el cuerpo de Jesús al finalizar?
  • ¿Qué habría pasado por su cabeza si les hubieran dicho que estaba azotando al mismo Dios?

Me estremezco al pensar que cuando lo desatasen caería, desfallecido sobre su propio chasco de sangre.

Pero no puede quedar ahí. Debe ponerse en pie. No puede morir, ha de ser presentado de nuevo a la turba que aguarda expectante.

Y, ante tanta curiosidad, sacan a Jesús para ser mostrado en público.

-   ¿Cómo se quedarían los que lo habían visto antes?

-   ¿Le reconocerían?

-   ¿Estaría su Madre entre la gente, para ver lo que hacían con su hijo?

-   ¿Estarían sus discípulos?...  

Nada de ello nos dice el evangelio. Pero San Pedro en su primera carta (2, 24) nos habla de sus heridas, como alguien que las ha vista desde primera línea. Él nos apunta que ellas nos han curado, pero hay un estudio exhaustivo de las palabras de este texto, en griego antiguo, que para este versículo dicen: que “la flagelación de Jesús fue particularmente cruel”

Y, un eminente doctor, que escribe médicamente, sobre cómo se encontraba Jesús, en las escenas de la Pasión, afirma con contundencia, que en esos momentos Jesús era: Sólo Dolor.

 

ANTE EL SEÑORÍO DE JESÚS

         Jesús aguanta los latigazos en el mayor silencio ¿Qué pasaría por la cabeza de los ejecutores?

         Ahora vamos a suponer que somos nosotros los flagelados: ¡Cómo airearíamos nuestro dolor! Nosotros que llamamos “quejicas” a otros flagelados… ¿Es que nuestro dolor es distinto al del resto de la gente? Cuántas veces nos sorprendemos diciendo: ¡Si estuvieras en mi lugar! ¡Qué importante acercarnos a Jesús, en ese momento, para que, puestos en su lugar, nos diga de dónde saco la fuerza!

         Jesús estaba firme en la fe, porque conocía al Padre. Había vivido vigilante, había saltado cualquier tentación y tenía la calma de los que son conducidos por la confianza en Dios.

         Por eso será bueno que nos dejemos consolar por Jesús cuando los azotes, de la vida, nos superen.

Que sepamos, que las pruebas de la vida nos acompañan a todos y que, junto a Él, bendigamos el plan de salvación que Dios tenía preparado para cada uno de nosotros.

         Podemos hacerlo con un acto de fe nacido, de nuestra situación personal y lo podemos hacer diciendo:

         Señor:

  • Aunque la vida no me brinde cosas agradables, aunque los azotes me lleguen por todas partes: yo creo en Ti.
  • Aunque sienta ganas de llorar y en la garganta tenga un nudo difícil de deshacer: yo creo en Ti.
  • Aunque el sinsentido de la vida discurra ante mi vista, con esas imágenes que da miedo mirar: yo creo en Ti.
  • Aunque vea a los niños gemir y a las madres protestar y a los padres suplicar: yo creo en Ti.
  • Aunque vea a la gente apartarse de tu evangelio y buscar el camino fácil: yo creo en Ti.
  • Aunque me sienta perseguido, por ser coherente con mi vida: yo creo en Ti.
  • Porque Tú, Señor, sabes mejor que nadie, que eres el motor de mi vida. 

 

UN MUNDO FLAGELADO

Ante nuestros ojos el mal del mundo. Un mal inabarcable que, obviamos los que vivimos una vida corriente que no sufre, grandes desastres, ni horribles guerras, ni secuestros, ni invasiones… una vida en la que, vamos pasando estáticos con las penas y enfermedades normales. Una vida de la cual, no dudamos en quejarnos sin consideración, por la desventura de nuestra existencia.

Es importante que despertemos. Que nos pongamos ante la Cruz de Jesús y veamos la grandeza de su amor para con nosotros. Que le pidamos amar de la manera que Él amó. Que le supliquemos la gracia, no sólo de no dar latigazos a nadie, sino de mitigar todos los que reciben, los flagelados de este siglo XXI, que tan civilizado aparece a los ojos de la gente.

 

QUEREMOS ACOMPAÑARTE SEÑOR

Por eso queremos, un año más, acompañar a Jesús en el espinoso camino de la Cruz.  

         Queremos volver a mirarle para sentir ese amor que tiene, por cada ser humano en particular.

         Necesitamos contemplarle en el Cruz, sin bajar los ojos, porque observar su realidad no puede dejar a nadie indiferente.

         Su juventud, su inocencia, su agonía… sobrecogen el corazón, por muy endurecido que se halle y humanizan la conducta, hasta de lo más cruel de la tierra.

         Pero, a pesar de todo, necesitamos que nos recuerdes que: no has subido al madero para dar lástima, sino para devolver la dignidad de cada ser humano, ayudándole a sublimar sus muertes y sus caídas.

         ¿Acaso se puede encontrar un amor semejante?

         ¿Acaso se puede hallar una donación, que engrandezca, de tal, forma un corazón?

         No perdamos la oportunidad que se nos brinda de llegar a la Pascua, por medio de esta Cruz que produce Vida.